Empezaba lejos el sentido de pulcritud,
cuando entre las hoja de los árboles, los restos de basura eran
despedazados por las ratas, en un ambiente lúgubre por entre los
recovecos de la memoria, donde empezaban a dar sentido los entresijos
de los lugares por los que habitaba la mente, entregado al silencio
de los ojos terceros que entre palabras en algún momento nos dimos
cuenta del presagio de la virtud del silencio, cuando esos terceros
no cohabitaban entre las palabras, mas bien eran pasto de ese callado
silencio que decía mucho, pues entre esos pensamientos reprimidos,
en un impulso anterior hecho para crear todo en un segundo, hace que
pensemos que la vida es corta y nos lleva en el sentido común de la
desesperación, pues entre la maldad silenciosa solo queda la virtud
de la disciplina, cuando en esos silencios ocultas tu sentido digno y
mofas sobre la propia sensibilidad hecha para amar sin
condicionamientos, metido en un bucle que forma la distorsionada
imagen de un espacio, de un trozo de universo, para ti, para tus
sentidos, para la propia instantánea que quieras recordar, pues
entre los momentos que habitan en el espacio, nosotros estamos
conectado a ello y con la aceleración de la memoria el cuerpo viaja
mas rápido por el universo hasta llegar lejos, cuarenta años luz
nos da la perspectiva que deseamos con la ingeniería que nos lleva a
través de rayos inflarojos, que abarcan mucho mas la leyenda de
apagar las luces y quedarnos mirando el espacio a través de un
espejo, contemplando ese silencio que nos dio el ser pacientes, con
la atención en lo alto de la cabeza y con la retrospectiva digna de
quien en silencio ocupa el espacio y hace digno el bienestar de los
que le rodean, pues entregados a la magia del poder omnipresente que
abarca desde lo las sencillo hasta lo mas entregado a la dignidad,
que repercute en esos chillidos inoportunos de la vecina de abajo,
sin saber que los insultos condenan el alma y esta se resiente con la
propia palabra, como si nos ahogáramos en un vaso de agua. La
cultura nos enseña que el poder está en la palabra, y así, bien
dicha, nos podemos encontrar en qué decir o que contar, para
entregar un poco de la discordia continua o un poco de bienestar
aparente. La palabra nos hace fuertes y concisos, dignos y precoces,
propios y concordantes, sensibles y carismáticos, también nos hace
canallas e inmaduros por ser ordinarios y cobardes además de
ingratos y misceláneos hipócritas que nos envenenan con
habladurías. Es probable que cambie la decisión de gritar cada vez
que se nos antoje, tomando como ejemplo, por los que habitan y aún
no se han quitado los pañales, entre los trozos de coloridos
semblantes hechos para dar comienzo a lo que acaba de terminar, para
poder hacer posible que esa chispa que emerge de un contacto
indirecto nos afecta en medida a la proporción de hábitos sanos
para que repercuta sanamente y no con la condición de hacer daño
por hacerlo, sin mirar lo que se dice y no ver lo que se habla, por
entender que ese silencio que nos hace poderosos, ese estar callado
de la similitud con el universo, nos transporta a ver caóticos
escenarios o bellos parajes, en donde la vida nos lleva cada vez que
pisamos ese trayecto a la inercia de la vida, que nos despoja de toda
seriedad estática y nos desvela que hay posibilidades de que en la
unión con el todo tenga que ver ese estado de silencio, y en el que
cada vez que nos vemos reflejados en una importante cantidad de
materia oscura que generamos para crear un poco de vida, nos daríamos
cuenta del pasaje que hay entre ese segundo en el que nos regalan una
imagen para nosotros y el tiempo dedicado a la asignación que le
hemos dado para que siga su curso.
jueves, 23 de febrero de 2017
martes, 21 de febrero de 2017
Una palabra y un dicho.
Sentirse seguro de las palabras, sentir
que ellas hablan solas con el impulso de un tema concurrente, con la
ayuda de los conocimientos y el placer de poder decirlas para hacer
posible un claro ejemplo de lo circundante y posponer la mentira para
dejar de hecho que el valor de unos comentarios llega mas profundo
que un simple y mero sentido de hacer palabra en el honor de los
expertos en temas concretos en vez de ver la estereotipada inducción
a temas mucho menos banales que el resto, esperando tener una
condición de humano en quien promueve la propia sabiduría y el
recordar de lo insensato entre los mejores años de una época en
cuestión de la vida que nos da por ceñido la verdad de todos
aquellos años en los que la satisfacción de haber contenido en el
tiempo un poco de lo que llamamos entendimiento con los propios
decorosos de un simple gesto de inercia en el que habita el
comprender una mente o a una persona que dice, y no solo por tener el
mejor de los sentidos puesto en comentar, para que la insistencia de
los esclavos de ellas, hacer que de ellas sea el placer de decirlas,
porque el tiempo que nos hace ser honestos y justos entre la
desilusión o el desencuentro produce tu sensación, propia de cada
cual en cada momento. No tendría sentido si cada uno dice lo mejor
pues para criterio propio es saber que cada vez que entregamos un
dialogo a terceros, el mejor de los resultados que nos hacen ver el
tránsito de la vida entre parodias y entusiasmos gratos, catalogados
como comedia, hechos para saciar el ánimo de alegría y el mejor de
los dramas que cómicos nos transporta a la vida alegre que uno sueña
pero con el valor de saber que cada uno que escucha se nos hace
cómplice de la intuición que nos desvela el subconsciente que
estando preparado para dar valor y carisma a la reacción propia de
una voracidad en lo perpetuo de ese instante que nos desvela emoción
y coraje para dar la mejor de las sonrisas y el mejor de los
aplausos, o la mejor de las palabras y lo mejor que escuchamos entre
cada uno, entre los que de alguna manera nos hace pensar y entre los
que de otra forma nos entrega ya masticado el resolutivo conflicto en
nuestra mente cuando relacionamos lo que escuchamos con nuestra
opinión pues veces ese mejor ejemplo es uno mismo sin pensar en
quien ni en como para rehacer un valor disoluto en una gota de agua y
el propio quehaciente y su propia mentira hecha pedazos por palabras
que en su lugar solo darían un sentido digno si se dijese de una en
una, las opiniones que nos hace ver quienes somo en lugar de ver de
donde venimos para dar una sinrazón o dar una razón a medias donde
el valor de decirla es la opinión de quien interpreta su
condicionamiento base donde la opinión de su crecimiento personal
determine que interpretación le damos a la docencia o a la
amigabilidad que nos persona entre lo aprendido y la propia
experiencia para darnos cuenta de que entre los que hacemos posible
un entendimiento y los que recrean su placer por deleitarse, conlleva
adoctrinamientos necesarios para dar por sentado que la opinión es
correcta hasta el punto de ver que ese sentido se lo dábamos cuando
entre colegas nos poníamos a prueba con palabras que nos dieran el
valor en el mínimo segundo, siendo cada vez palabras mas cortas y
sintetizadas por cada vez que la recíproca palabra es silencio en
el más absoluto bienestar de la propia sinrazón que nos hace
personas cuando entre los que nos hacemos remolones con el tiempo que
sobra hasta por los codos, la intención es hacer posible el cuento
que todos tenemos en el interior, cuando el miedo se cierne sobre las
propias sensaciones que un oyente nos presta al misterio de conocer
que hace posible un miedo y que nos debate para referir que hacemos
posible con ellos, hasta el resultado de ver que la vida nos enseña
a disfrutar de cada rincón que tenemos entre los contenciosos de la
disciplina o los disparatados que nos envolvemos en magia, en
momentos únicos y placenteros que de alguna forma pude llegar a
entenderse, hasta que la propia acción de ese juego que nos hace
pensar entre las paredes de fría envergadura o entre ladrillos que
propinan cuadros imperfectos en un fondo oscuro y meticuloso,
parecido al cuadro que siempre quisimos tener y que nunca compramos o
como el cuadro que nos regalan para dejar a un lado, hasta la
posibilidad de pintarlo y darnos a conocer entre jirones de tela y
lienzos en blanco, para darnos sentido a lo que sin razón aparece y
sin quererlo nos dibuja, para trazar colores entre ese fondo oscuro
para darle luz y luego, simplemente contemplar, en silencio,
masticando la palabra que puede salir o la que te puede repercutir,
para coincidir con ese futuro recurrente que nos agobia y el propio
presente que nos dice o tal vez, ese cuadro que vemos refleja el
sentido de todo lo que nos representa entre la vida y el espejo de la
imaginación, para tratar de hacer posible el bienestar de una o dos
palabras bien dichas mejor que decir demasiadas y caer en el cuento.
martes, 7 de febrero de 2017
Dos años y un poco.
Daba
la vuelta a la esquina y encontraba el consuelo de una calle en
bajada, con sus adoquines oyentes del traquetear. Los tacones y las
suelas movían pesados ladrillos aferrados al suelo con una fina capa
que contenían la arena de mortero lo suficientemente seca como para
que los poros del ladrillo despegaran sus contactos, mas blancos que los demás entre varios
miles de ellos, en hileras, haciendo con el tiempo un sonido de agua,
al rozar los bordes y esquinas de unos con otros y con el suelo frío,
empapado de agua mientras la ya tenue brizna de lluvia acompasa a los
charcos, que vislumbrados desde la perspectiva de la Luna, con su luz
reflejada entre los pasos que van acercando al mar en la escollera
del puerto, hasta rodear el muelle, después de haber pasado por el
puente que une los dos extremos a una altura considerable, peatonal,
que desde allí, el amanecer consuela con la plácida y lenta agonía
del Sol por querer salir y adornar con sus sutiles y candentes rayos
impetuosos que van dejando sus colores por todo el mar, llevando en
una barandilla de hierro con pequeñas redes situadas a los bordes
que decoran y hacen de protección al embobado puente que me deja
poder respirar unos segundos de paz, ensimismado en el horizonte y
bajando los peldaños de acero con el consciente pisar de colores
claros en un suelo resbaladizo, hecho para aguantar las inclemencias
del mar, que ha veces, entre las olas iracundas de sed que rompen en
la escollera, desde donde saltan grandes gotas a la plataforma y hace
que su color se vaya haciendo marrón, blanco por los bordes entre
las manchas de oxido y la pintura verde que tenía despellejándose
entre las costras, hinchadas del casi pulido hierro que hace la
estructura, una sólida pasarela que lleva a los mercaderes a vender
las sales inglesas y los naranjos que llegaron bien al puerto, en
matas pequeñas y radiantes, pues llevaban todo el agua que querían
entre las cien que llegaron para desembarcar en el muelle Norte,
donde encontrar algo que no viniera en barco sería casi imposible.
Todo se podía encontrar en el muelle, en el mercadillo que expedía
a mayoristas y mayoristas cargaban de troncos como pago, pues la
madera que se llevaban para hacer barcos ligeros que navegasen por
los océanos y cambiaran el carbón por máquinas hechas para durar y
llevar mas de una carga al mes. Toda la madera, todo el coraje de la
tierra hecho para respirar, destrozado, pues no solo se llevaron los
pinos y los robles, también se llevaron la fauna y parte del
ecosistema que ahora conocemos como normal, siendo en el Norte donde
encontramos esos recursos pero sin comparación a la madera que esos
pinos llevaban a buen puerto, para desencadenar su transformación
gracias a la vida humana, hecha pedazos por la inercia del hombre que
hace posible la coexistencia entre unos peldaños que me acercan por
la barandilla del barco hasta seguir pisando madera, entre los
tacones que se dejan su huella y una sensación única, dependiendo
del tamaño del ir y venir de pasos que nos acercan de nuevo a la
otra orilla, sin pensar en lo amargo que puede ser vivir sin consuelo
o desmedido por la alegría que me acerca ha amarte, dando la razón
por tus sueños y tus viajes, ahora míos y sentados entre los libros
que encierran misterio y aventura y algo de nostalgia para consolar
los sentidos, padeciendo ya la añoranza que embelesa una mañana
entre las hojas de otoño que yacían revueltas mas de un segundo
entre los muros y luego volaban hasta llegar cerca de esa inercia que
nos acarrea mas de unas pocas cerca del arremolinado pelo, siendo
diminutas y secas por esos días en los que el sol pica mas de lo
normal, encareciendo el aire deseoso de respirar con los árboles,
que entre las zarpas del tiempo y las mañanas, impertérritos
aguantaban hasta que sus troncos cedían con el paso de las hachas,
puestas y entregadas a la vida, como años de hojas puestas para
caldear la estufa que ahora mueve motores en barcos que navegan hacia
el océano y traspasan pequeños charcos en frágiles canoas hasta
brindar la cohesión que tenemos en viajar y sentirnos desplazados,
rotos, despegados de ese apego a la vida que tenemos, hasta darle la
vuelta a las prioridades entre los momentos a elegir, encontrando en
los sueños un señuelo que nos acerque a reencontrar la ilusión que
nos regala existir para darnos cuenta de la propia incidencia en
nosotros, hechos raíz en una casa con puertas y ventanas que nos
recuerdan poder abrirlas o cerrarlas, eligiendo cuando el clima nos
ayuda a tenerlas abiertas o cuando por su ímpetu tenían que ser
cerradas para demostrar que se puede estar dentro de un habitáculo
hecho para residir y cautivar el tiempo entre paredes, esperando
abrirlas para saltar al vacío y dar de lado a la sutilidad de los
impropios recuerdos que como rabia se deshacen entre la pulcritud
desmedida o la dejadez de unos años que pasan largos cercanos a
volver para encontrarte y saber que han pasado dos o tres y la
sonrisas puesta para llegar lejos con la alegría que es darle un
embozo de los años a la sobriedad de un beso robado, que encontró
al llegar con mis pasos mi tiempo y el tuyo, haciendo posible que
otra vez vuelvas a esperar conmigo, para darle al universo tan solo
una pequeña parte del misterio que daría encontrar lejos lo que
buscamos aquí, teniéndolo cerca.
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