jueves, 23 de febrero de 2017

EL TRAYECTO EN LA OSCURIDAD.

          Empezaba lejos el sentido de pulcritud, cuando entre las hoja de los árboles, los restos de basura eran despedazados por las ratas, en un ambiente lúgubre por entre los recovecos de la memoria, donde empezaban a dar sentido los entresijos de los lugares por los que habitaba la mente, entregado al silencio de los ojos terceros que entre palabras en algún momento nos dimos cuenta del presagio de la virtud del silencio, cuando esos terceros no cohabitaban entre las palabras, mas bien eran pasto de ese callado silencio que decía mucho, pues entre esos pensamientos reprimidos, en un impulso anterior hecho para crear todo en un segundo, hace que pensemos que la vida es corta y nos lleva en el sentido común de la desesperación, pues entre la maldad silenciosa solo queda la virtud de la disciplina, cuando en esos silencios ocultas tu sentido digno y mofas sobre la propia sensibilidad hecha para amar sin condicionamientos, metido en un bucle que forma la distorsionada imagen de un espacio, de un trozo de universo, para ti, para tus sentidos, para la propia instantánea que quieras recordar, pues entre los momentos que habitan en el espacio, nosotros estamos conectado a ello y con la aceleración de la memoria el cuerpo viaja mas rápido por el universo hasta llegar lejos, cuarenta años luz nos da la perspectiva que deseamos con la ingeniería que nos lleva a través de rayos inflarojos, que abarcan mucho mas la leyenda de apagar las luces y quedarnos mirando el espacio a través de un espejo, contemplando ese silencio que nos dio el ser pacientes, con la atención en lo alto de la cabeza y con la retrospectiva digna de quien en silencio ocupa el espacio y hace digno el bienestar de los que le rodean, pues entregados a la magia del poder omnipresente que abarca desde lo las sencillo hasta lo mas entregado a la dignidad, que repercute en esos chillidos inoportunos de la vecina de abajo, sin saber que los insultos condenan el alma y esta se resiente con la propia palabra, como si nos ahogáramos en un vaso de agua. La cultura nos enseña que el poder está en la palabra, y así, bien dicha, nos podemos encontrar en qué decir o que contar, para entregar un poco de la discordia continua o un poco de bienestar aparente. La palabra nos hace fuertes y concisos, dignos y precoces, propios y concordantes, sensibles y carismáticos, también nos hace canallas e inmaduros por ser ordinarios y cobardes además de ingratos y misceláneos hipócritas que nos envenenan con habladurías. Es probable que cambie la decisión de gritar cada vez que se nos antoje, tomando como ejemplo, por los que habitan y aún no se han quitado los pañales, entre los trozos de coloridos semblantes hechos para dar comienzo a lo que acaba de terminar, para poder hacer posible que esa chispa que emerge de un contacto indirecto nos afecta en medida a la proporción de hábitos sanos para que repercuta sanamente y no con la condición de hacer daño por hacerlo, sin mirar lo que se dice y no ver lo que se habla, por entender que ese silencio que nos hace poderosos, ese estar callado de la similitud con el universo, nos transporta a ver caóticos escenarios o bellos parajes, en donde la vida nos lleva cada vez que pisamos ese trayecto a la inercia de la vida, que nos despoja de toda seriedad estática y nos desvela que hay posibilidades de que en la unión con el todo tenga que ver ese estado de silencio, y en el que cada vez que nos vemos reflejados en una importante cantidad de materia oscura que generamos para crear un poco de vida, nos daríamos cuenta del pasaje que hay entre ese segundo en el que nos regalan una imagen para nosotros y el tiempo dedicado a la asignación que le hemos dado para que siga su curso.

martes, 21 de febrero de 2017

Una palabra y un dicho.

Sentirse seguro de las palabras, sentir que ellas hablan solas con el impulso de un tema concurrente, con la ayuda de los conocimientos y el placer de poder decirlas para hacer posible un claro ejemplo de lo circundante y posponer la mentira para dejar de hecho que el valor de unos comentarios llega mas profundo que un simple y mero sentido de hacer palabra en el honor de los expertos en temas concretos en vez de ver la estereotipada inducción a temas mucho menos banales que el resto, esperando tener una condición de humano en quien promueve la propia sabiduría y el recordar de lo insensato entre los mejores años de una época en cuestión de la vida que nos da por ceñido la verdad de todos aquellos años en los que la satisfacción de haber contenido en el tiempo un poco de lo que llamamos entendimiento con los propios decorosos de un simple gesto de inercia en el que habita el comprender una mente o a una persona que dice, y no solo por tener el mejor de los sentidos puesto en comentar, para que la insistencia de los esclavos de ellas, hacer que de ellas sea el placer de decirlas, porque el tiempo que nos hace ser honestos y justos entre la desilusión o el desencuentro produce tu sensación, propia de cada cual en cada momento. No tendría sentido si cada uno dice lo mejor pues para criterio propio es saber que cada vez que entregamos un dialogo a terceros, el mejor de los resultados que nos hacen ver el tránsito de la vida entre parodias y entusiasmos gratos, catalogados como comedia, hechos para saciar el ánimo de alegría y el mejor de los dramas que cómicos nos transporta a la vida alegre que uno sueña pero con el valor de saber que cada uno que escucha se nos hace cómplice de la intuición que nos desvela el subconsciente que estando preparado para dar valor y carisma a la reacción propia de una voracidad en lo perpetuo de ese instante que nos desvela emoción y coraje para dar la mejor de las sonrisas y el mejor de los aplausos, o la mejor de las palabras y lo mejor que escuchamos entre cada uno, entre los que de alguna manera nos hace pensar y entre los que de otra forma nos entrega ya masticado el resolutivo conflicto en nuestra mente cuando relacionamos lo que escuchamos con nuestra opinión pues veces ese mejor ejemplo es uno mismo sin pensar en quien ni en como para rehacer un valor disoluto en una gota de agua y el propio quehaciente y su propia mentira hecha pedazos por palabras que en su lugar solo darían un sentido digno si se dijese de una en una, las opiniones que nos hace ver quienes somo en lugar de ver de donde venimos para dar una sinrazón o dar una razón a medias donde el valor de decirla es la opinión de quien interpreta su condicionamiento base donde la opinión de su crecimiento personal determine que interpretación le damos a la docencia o a la amigabilidad que nos persona entre lo aprendido y la propia experiencia para darnos cuenta de que entre los que hacemos posible un entendimiento y los que recrean su placer por deleitarse, conlleva adoctrinamientos necesarios para dar por sentado que la opinión es correcta hasta el punto de ver que ese sentido se lo dábamos cuando entre colegas nos poníamos a prueba con palabras que nos dieran el valor en el mínimo segundo, siendo cada vez palabras mas cortas y sintetizadas por cada vez que la recíproca palabra es silencio en el más absoluto bienestar de la propia sinrazón que nos hace personas cuando entre los que nos hacemos remolones con el tiempo que sobra hasta por los codos, la intención es hacer posible el cuento que todos tenemos en el interior, cuando el miedo se cierne sobre las propias sensaciones que un oyente nos presta al misterio de conocer que hace posible un miedo y que nos debate para referir que hacemos posible con ellos, hasta el resultado de ver que la vida nos enseña a disfrutar de cada rincón que tenemos entre los contenciosos de la disciplina o los disparatados que nos envolvemos en magia, en momentos únicos y placenteros que de alguna forma pude llegar a entenderse, hasta que la propia acción de ese juego que nos hace pensar entre las paredes de fría envergadura o entre ladrillos que propinan cuadros imperfectos en un fondo oscuro y meticuloso, parecido al cuadro que siempre quisimos tener y que nunca compramos o como el cuadro que nos regalan para dejar a un lado, hasta la posibilidad de pintarlo y darnos a conocer entre jirones de tela y lienzos en blanco, para darnos sentido a lo que sin razón aparece y sin quererlo nos dibuja, para trazar colores entre ese fondo oscuro para darle luz y luego, simplemente contemplar, en silencio, masticando la palabra que puede salir o la que te puede repercutir, para coincidir con ese futuro recurrente que nos agobia y el propio presente que nos dice o tal vez, ese cuadro que vemos refleja el sentido de todo lo que nos representa entre la vida y el espejo de la imaginación, para tratar de hacer posible el bienestar de una o dos palabras bien dichas mejor que decir demasiadas y caer en el cuento.

martes, 7 de febrero de 2017

Dos años y un poco.

Daba la vuelta a la esquina y encontraba el consuelo de una calle en bajada, con sus adoquines oyentes del traquetear. Los tacones y las suelas movían pesados ladrillos aferrados al suelo con una fina capa que contenían la arena de mortero lo suficientemente seca como para que los poros del ladrillo despegaran sus contactos, mas blancos que los demás entre varios miles de ellos, en hileras, haciendo con el tiempo un sonido de agua, al rozar los bordes y esquinas de unos con otros y con el suelo frío, empapado de agua mientras la ya tenue brizna de lluvia acompasa a los charcos, que vislumbrados desde la perspectiva de la Luna, con su luz reflejada entre los pasos que van acercando al mar en la escollera del puerto, hasta rodear el muelle, después de haber pasado por el puente que une los dos extremos a una altura considerable, peatonal, que desde allí, el amanecer consuela con la plácida y lenta agonía del Sol por querer salir y adornar con sus sutiles y candentes rayos impetuosos que van dejando sus colores por todo el mar, llevando en una barandilla de hierro con pequeñas redes situadas a los bordes que decoran y hacen de protección al embobado puente que me deja poder respirar unos segundos de paz, ensimismado en el horizonte y bajando los peldaños de acero con el consciente pisar de colores claros en un suelo resbaladizo, hecho para aguantar las inclemencias del mar, que ha veces, entre las olas iracundas de sed que rompen en la escollera, desde donde saltan grandes gotas a la plataforma y hace que su color se vaya haciendo marrón, blanco por los bordes entre las manchas de oxido y la pintura verde que tenía despellejándose entre las costras, hinchadas del casi pulido hierro que hace la estructura, una sólida pasarela que lleva a los mercaderes a vender las sales inglesas y los naranjos que llegaron bien al puerto, en matas pequeñas y radiantes, pues llevaban todo el agua que querían entre las cien que llegaron para desembarcar en el muelle Norte, donde encontrar algo que no viniera en barco sería casi imposible. Todo se podía encontrar en el muelle, en el mercadillo que expedía a mayoristas y mayoristas cargaban de troncos como pago, pues la madera que se llevaban para hacer barcos ligeros que navegasen por los océanos y cambiaran el carbón por máquinas hechas para durar y llevar mas de una carga al mes. Toda la madera, todo el coraje de la tierra hecho para respirar, destrozado, pues no solo se llevaron los pinos y los robles, también se llevaron la fauna y parte del ecosistema que ahora conocemos como normal, siendo en el Norte donde encontramos esos recursos pero sin comparación a la madera que esos pinos llevaban a buen puerto, para desencadenar su transformación gracias a la vida humana, hecha pedazos por la inercia del hombre que hace posible la coexistencia entre unos peldaños que me acercan por la barandilla del barco hasta seguir pisando madera, entre los tacones que se dejan su huella y una sensación única, dependiendo del tamaño del ir y venir de pasos que nos acercan de nuevo a la otra orilla, sin pensar en lo amargo que puede ser vivir sin consuelo o desmedido por la alegría que me acerca ha amarte, dando la razón por tus sueños y tus viajes, ahora míos y sentados entre los libros que encierran misterio y aventura y algo de nostalgia para consolar los sentidos, padeciendo ya la añoranza que embelesa una mañana entre las hojas de otoño que yacían revueltas mas de un segundo entre los muros y luego volaban hasta llegar cerca de esa inercia que nos acarrea mas de unas pocas cerca del arremolinado pelo, siendo diminutas y secas por esos días en los que el sol pica mas de lo normal, encareciendo el aire deseoso de respirar con los árboles, que entre las zarpas del tiempo y las mañanas, impertérritos aguantaban hasta que sus troncos cedían con el paso de las hachas, puestas y entregadas a la vida, como años de hojas puestas para caldear la estufa que ahora mueve motores en barcos que navegan hacia el océano y traspasan pequeños charcos en frágiles canoas hasta brindar la cohesión que tenemos en viajar y sentirnos desplazados, rotos, despegados de ese apego a la vida que tenemos, hasta darle la vuelta a las prioridades entre los momentos a elegir, encontrando en los sueños un señuelo que nos acerque a reencontrar la ilusión que nos regala existir para darnos cuenta de la propia incidencia en nosotros, hechos raíz en una casa con puertas y ventanas que nos recuerdan poder abrirlas o cerrarlas, eligiendo cuando el clima nos ayuda a tenerlas abiertas o cuando por su ímpetu tenían que ser cerradas para demostrar que se puede estar dentro de un habitáculo hecho para residir y cautivar el tiempo entre paredes, esperando abrirlas para saltar al vacío y dar de lado a la sutilidad de los impropios recuerdos que como rabia se deshacen entre la pulcritud desmedida o la dejadez de unos años que pasan largos cercanos a volver para encontrarte y saber que han pasado dos o tres y la sonrisas puesta para llegar lejos con la alegría que es darle un embozo de los años a la sobriedad de un beso robado, que encontró al llegar con mis pasos mi tiempo y el tuyo, haciendo posible que otra vez vuelvas a esperar conmigo, para darle al universo tan solo una pequeña parte del misterio que daría encontrar lejos lo que buscamos aquí, teniéndolo cerca.