El universo que habita en
el alma, es la parte de la vida que nos lleva lejos, cuando queremos
estar cerca. La precisa condición humana nos reverbera la inmensa
cotidianidad que nos envuelve el preciso instante que espera la
propia sensación personal, o el que inspira la propia
sensacionalidad que emerge de los altares de la economía, el mundo
convencido de la reciprocidad que nos entrega la propia sazón de
unos instantes, la propia sinrazón de un papel hecho para resistir
la condición de entrega, hasta los hechos en pantallas que emergen
de la propia locura del abismo en el que la razón y la propia
inercia que nos precipita a encontrarnos, hacer de la sinrazón un
mundo en el que las ideas cohabitan con los propios seres que nos
rodean con las palabras, entre un ser que coordina su alter con la
cordura de un ser que busca algo que hacer entre las noches, buscar
que encontrar durante el día y ser un protagonista entre los
recursos que nos envuelven para hacernos mejor. El mejor de los
regalos es la soledad, para entender que hay sitios por los que la
vida nos lleva con el sentido correcto, según la propia voz que nos
guie, para darnos el propio carisma que nos enreda entre la propia
razón de soñar o la propia decisión que nos enreja en un pedestal
de rabia cuando ceñimos la vista y se nos enreda la comprensión
entre los albores de la naturaleza, puestos en la medida justa en el
momento justo, pues es cuando la proporcionalidad de la madurez en
los actos los que nos determina cuando somo capaces de dar en vez de
recibir, en la totalidad de la acción lo que nos hace saber de unos
y otros, dados a lo capaces entendimientos que nos albergan y que nos
ponen en alguna situación. Esmerados, unos y otros nos llevan lejos
de cada situación, para encontrarnos cerca en algún lugar, perdidos
entre marismas hechas de pasajes y costas cálidas que pierden las
mareas cuando ganan unos metros. Hacer posible que entandamos que
cada situación nos sumerge en otra, para emerger posiblemente en
otro sitio, otro lugar a miles de kilómetros, juntos, hechos de la
misma talla y de la misma pulcritud, haciendo lo que entendemos por
sinergia, producida por la misma espontaneidad que mantenemos en
algún tipo de hilo celestial, que nos va apagando en determinados
momentos, hechos para el destino que nos hace posible subsistir,
entre las sendas hecha para dar pasos certeros y las que a su vez nos
guía mientras que otras veces nos enciende provocando la sensación
de plenitud que nos embriaga cada vez que topamos con la copa llena y
poco a poco va surgiendo el pleno derecho de la mezquindad,
produciendo entre los estados de conciencia en los que habitamos en
el cuerpo de otro para ponernos en su pellejo, ya que entre la
discordias excéntricas nos habituamos a dar por sentado que la
propia mente está sujeta a valores que no damos en la vida ni por
cinco euros, ya que soltando la imaginación propia conduce a la
incidencia de la propia divinidad o la propia maldad que nos sujeta a
un abismo, entregado a ver el por qué de las cosas que hacemos sin
darnos cuenta, para ser consecuente con los premeditados actos de
valor, un valor que nos pone a prueba delante de la verdad que sujeta
a juicios propios de pensamientos mediocres, nos lleva a dar la
vuelta a la hoja sin que la tinta esté completamente seca, ya que
los rasgos de la pluma encallecida da la propia condición a esa
letra que marca un brazo sin serlo, siendo una transcripción la
propia palabra hecha pedazos.
Hay que sujetar la vida
a un trozo de esperanza, propia en cada uno, que revela la situación
cómica de la mejor de las alegrías, ya que en cada trazo de unión
con la propia consciencia nos revela la situación propia de una
imagen sacada de un trozo de fotografía iónica, pretendiendo
encelar a la propia naturaleza, en un cosmos sugerido que embelesa la
particularidad que envuelve cada imagen micro por cada contemplación
macro, haciendo que cada una sea parecida en un universo persuadido
de la propia ciencia, que entre los recovecos de la imaginación se
parecen entre sus principales pensamientos.