Una
palabra que cierna encadenadas, iras y rabias, deja el odio patente,
para dar paso al lugar de un pequeño atisbo de irrealidades, en las
cuales, una parte del poco entendimiento común de las situaciones
que embriagan de hechos, y otra parte puesta entre decisiones, roba y
presta esas insano juicio procurado entre la subjetividad que da un
silencio e incauta un avaricioso, entramado y lujurioso deseo.
Puesto que en esas decisiones prestadas al odio, patentes en la rabia
y en la ira, pone un lugares lejos del corazón y del entendimiento
cordial y hechos para todos los momentos, de pocos desempeños
usuales gratos para encontrar unas razones precisas, llevaderas y
ciertas, en un poco del entusiasmo consecuente, provoca la
venganza confusa en un pequeño comentario, dadas de los caprichos de
la plácida ventura de libertades, y más dadas a libertar un
pensamiento puesto en una idea que ha liberar una idea puesta entre
las propias conclusiones, ya contrastada con los conocimientos
puros, que hacen de la vida, de la ciencia, del saber, un concluyente
y conciso parecer. En un poco de vida, en un poco de ciencia, odios,
iras y rabias, dan el saber que el miedo provoca en el conocimiento,
en un capricho de la maldad, cediendo propósitos ante la furia y
dando resultados en risas de los propios malquehacientes, para poner
un trozo esperanza en un poco de avaricia. Esa confusión que presta,
a quienes hacen caso de esas pocas palabras y de esos pocos miedos,
unos propósitos de quienes en esas palabras enfrente de su
espejo, de su mirada, antes de decirla un miedo o antes de
decir una intención, después de los propósitos a entendedores de buenas
maneras; una faz hecha pedazos por la ira y la furia, que sin
contener, no presta ni regala, solo hiere y malgasta la dicha, pues
prestando un poco a quien no quiere o regalando a quien precisa lo
justo, objetiva una clave de la propia cordura y de la propia
realidad. Mas hecha a la medida salvaje que hecha a la medida de
trozos de cielo cayendo, antes de poner limpia una palabra y antes de
poner entre dos cuerdas o en una pared el trocito de cielo que no cae
y que emerge otra vez hasta llegar lejos, a su sitio, después de
saber que esa parte es de uno y las otras que caen son de todos.
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