El encuentro que da la ilusión, al tropezar
con los viejo recuerdo que anhela un propósito, sin lamentos, sin lástimas,
transita en un momento, donde un poco de aquel recuerdo precisa el toque de tu
atención, que presta al despertar la placida sonrisa. Antes de darle una
sonrisa a la mañana, lleva a pensar quién precisa de un poco de alegría, pues
cuando alguien grita o susurra y pide que esa sonrisa sea sincera, no dan los
lamentos más que una lágrima que tienta a quienes hacen del cristal una pequeña
mella en la luna, y del que en su lástima no ve más que emborronados los ojos
que le dan a su pequeño acorde del tiempo, a la llevadera intención de poder
hacer del recuerdo, un lugar mejor, un lugar poder darle a ese trozo de tiempo,
más que una alegría, pues el espacio que regala la sonrisa, le da al tiempo un
poco más que eso, pues felices somos hasta que ese pequeño instante en el que
sonríes, borra de las lagrimas un pasado y que en ese lamento olvidado, nos
revive aquella angustia de anhelos perdidos, pues el destierro del alma
que hace su sentir en el hueco de la vida, desampara a quienes dieron su trozo
de esperanza a la misma ilusión con la que poder servir a la
promesa compartida, con todo el amor que merecemos cada día, sin
dejar a un lado la sensatez que nos ata a la propia existencia, de la que
salimos con esa sonrisa en preciosos momentos, que unimos y envolvemos en la
alegría por nuestros motivos, encerrados en una honesta mirada, que nos junta
cada vez que recordamos un pequeño gesto.
Poder reír y gritar de júbilo, sin
prestarle atención a la propia sensatez, que sin querer, nos roba el tiempo en
cada día y en cada instante, cuando tendemos a hacer lo mismo o tal vez, cuando
todos hacemos un poco de la vida para encontrarnos después, en cada vez que
hacemos algo, nos recuerda que ese momento es único para una impresión
estática que vaga en la desdicha de quienes recuerdan un lamento, o
que hace del propio instante un error por no saber decir lo siento, por no
saber decir. Aceptar la vida es cierto, por no saber expresar lo que se ve
alrededor o no saber pensar en qué o en cómo hacer posible una ilusión que nos
da ese poco tiempo prestado en la humanidad, entregado a la paciencia infinita cuando
nos aguarda en cualquier rincón, en cualquier sitio que tengamos humildad, pues
entre la propia apariencia de un pensamiento que recorre largos tramos para
llegar a un pequeño estado de paz, o la apariencia de embaucar un lejano
capricho en la desdicha de acentuar la inestabilidad, promueve un poco de placer
entre ese lejano espacio que recorre fugaz un estimulo y entre la propia
precariedad que da un trozo de tiempo guardado en un largo viaje, pues es en
ese preciso retorno de la inercia que desestabiliza un propiciado error, conmueve
saber que hoy es un día y que mañana es otro, en vez de poner un día para hacer
posible las risas que nos emocionan, entregados a esa pequeña dicha de la
inocencia cuando somos dignos de un poco de tiempo, o de un poco de vida, o un
poco de la familiaridad que nos presta el entorno en el que damos vueltas cada
día para poder mejorarlo, pues entregados a una, o a dos, o a tres alegrías en
el que precisamos tener una razón para entregarla sin más, es un motivos para
creer en nosotros, las personas que dan a la vida razones por la que existir,
sea cual sea el momento y sean cual sean los propósitos, pues merecedores de la
alegría que nos da la familia, todas las alegría juntas se pueden
regalar y todas los abrazos que podamos darle a los que nos quieren, son
motivos para saber que se dan de verdad, sin mentiras ni engaños, a sabiendas
de esa sinceridad que nos presta la realidad, aun entornada en la más oscuras
de las ideas y en las más insólitas nieblas de la discordia, ya
que entregar un poco de lo que tienes, conlleva a llenar las manos
en la entrega de la verdad, honesta en las intenciones, que regala la ventura
del recuerdo, al darle a la vida un poco cada día, un poco más cada instante,
pero haciendo posible que esa gran felicidad sea con toda la humildad del
mundo.
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