miércoles, 15 de enero de 2014

EL GENTÍO EN EL FONDO DEL PASILLO.

Saber que sacia la constancia en el mejor lado de la fortuna, contando los cuentos dignos del propio parecer constante, enjaulado entre las mejores mellas del destino y una cárcel en el aire puro, cuando encuentra una sensación propia, inexpugnable de los meros hechos e incesantes valores, entre acometeres de los erróneos y entre el plácido sosiego que descansa con sus mejores sentimientos, siendo el tortuoso quien molesta al caminante, que desprende el propio hedor de su castigo, mientras resiste, hasta hacer un poco de sí mismo, para dar una parte del mismo trozo sin partir, ya que piensa, siente y sabe estar, en su sitio perfecto teniendo sus hechos, y un hacedor de ideas a la fuerza, vomita fuego y derrama sangre cuando el miedo ha de poner sus lazos a la deriva, que da a una charca sin fondo, cuando el sentido de darle al juego un parecido a la vida, encuentra un sinfín de hallazgos, dejados cuando acertó en el silencio, dando pie para dar cuenta a quienes enfrente de los muros, sin ventanas piensan, legando el destino a un simple sueño marcado de insistencias. El juego no es suyo ni del destino, pues marca el desatino entre los que están y los que no quieren estarlo, y si surgen diferencias y falta de respeto, por una incertidumbre y sinrazón de la inercia propia de una falta de quietud, desatendiendo la dignidad al poner sin querer una propia hacedora de ensueño sin compartir, clama al robar designios en una naturaleza muerta o dar vida a un cuadro pintado en unos ojos que no ven y no lleva más que a vengar un propio rencor yacido, en el propio hacedor de ideas. Encontrar entre los baúles una cajita que guardara un poco del recuerdo de un sueño, entre una  allegada visita a un destierro y un saludo, tan digno de dar y recibir,  estropea los cimientos de una columna erguida entre dos barrotes que sostienen un poco de tiempo, y corroe cuando al cerrar la caja, solo quedan recuerdos insensatos de pocos quehaceres y de menos aún, ideas, pues aunque motivado y ausente, quien sacaba y enervaba un principio, del bien querrían arreglar sin daños y querellas, despojando a los incidentes de una forma tan precisa y concreta de decidir. Quien no quiere no recibe la mejor de las allegadas sonrisas, pero quien presta una y dedica simplemente un embozo, atañe al compás de las propias risas  el quehaciente de las verdaderas intenciones, dando y regalando una intención que vaga en el recuerdo y prestando la decisión a un tumulto de resuellos que despojan ilusiones y altivan las razones por las que reír. Al sacar sus palabras de sorpresa y ver que tan solo contaba con su silencio, el que más quería darle a la noche un poco de ese silencio, arranca de quien no habita en su propio espacio y de quien en su espontaneidad  deja el apego necesario a la fuerza de mejorar o no, en el propio corazón que late junto a quien está cerca y mira de reojo al que no le dice nada, haciendo notar el hilo de ausencia, cuando parte el vapor que hervidor de consuelo, sellando la precisa hora de un espacio cerrado, en las paredes que saben más que un cuadro pintado,  llegan los retablos del candor que desprende la sensatez de decidir, cuando falta para poner el inciso en un clavo que sujeta la propia pared al martillo, encuentran en un mismo estante que dejaron sin colgar a quien pinta, para darle una pincelada a la cordura propia del marco que resiste constancia del tiempo, ya que deja entre los callejones repletos de miradas y el tránsito de un paso hacia atrás para apreciar la distinta forma, desde el otro lado de la ventana en la que no se ve, y desde quien mira en donde la verdadera razón hurga,  prestará más que el punto de no encontrar nada y desde donde en su tiranía buscó lo innecesario, y desde donde su coraza se resiente por la persistencia en decidir que es bueno para los demás, donde la propia imagen, desde el fondo, desde donde solo estaba un poco de ese silencio que prestó a un momento, como el pequeño niño que sube a un árbol para mirar arriba y ver que hay debajo o más allá de la propia copa que levantan esas manos y siente cuando presta una semilla al suelo, que con todo el amor del mundo el rocío se presenta en una mañana o en una tarde, que será quien cuidará con ternura, como la misma vida nos cuida a cada uno, con la suerte que nos rodea y a la fortuna de quienes nos presta esa mano que regala un poco del entusiasmo, que nos regala un poco de la misma tierra que pisamos y del mismo sustento que da todo lo que nos presta la vida, o como ese pequeño aprendiz que dio un paso para seguir los suyos y llegó al fondo del pasillo, donde una vez más llega y espera, desde donde una vez más toca para entrar y donde una vez mas no le dicen que pase, pues entre los que esperan sin dar al tiempo ni dar espacio a un poco de silencio, los llevaderos momentos de instantes que dan sus pasos a ese pequeño espacio y ese largo camino, que afrenta a la distancia, quedándose corta de tiempo, y quedándose sin más que recorrer, hasta que esa puerta del final del pasillo se abra o cierre con su candado de  rotas llaves y ate con sus cadenas de finos y entrecruzados eslabones, dos retablos de inconsciencia, para dar tan solo a uno la mayor de las venturas, la mayor de las fortunas, lo mejor de las propias decisiones, para dejar de valorar y dejar de aferrar la inercia a unas inciertas miradas, donde la ventana no cierra sin cortinas y donde el orden de las decisiones solo cuentan para quien abre la puerta, sin el cuadro que pintar y sin el árbol que plantar, pero si con su pequeño maestre que le dice dónde mirar antes de dejar a un lado la carga de ese constante espacio, del que no se desprende su propia decisión y del peso que lleva la propia acción, del mejor de todo los sentidos y del mejor de todos hechos delante de las aptitudes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario