Saber
que sacia la constancia en el mejor lado de la fortuna, contando los cuentos
dignos del propio parecer constante, enjaulado entre las mejores mellas del
destino y una cárcel en el aire puro, cuando encuentra una sensación propia,
inexpugnable de los meros hechos e incesantes valores, entre acometeres de los
erróneos y entre el plácido sosiego que descansa con sus mejores sentimientos,
siendo el tortuoso quien molesta al caminante, que desprende el propio hedor de
su castigo, mientras resiste, hasta hacer un poco de sí mismo, para dar una parte
del mismo trozo sin partir, ya que piensa, siente y sabe estar, en su sitio
perfecto teniendo sus hechos, y un hacedor de ideas a la fuerza, vomita fuego y
derrama sangre cuando el miedo ha de poner sus lazos a la deriva, que da a una
charca sin fondo, cuando el sentido de darle al juego un parecido a la vida,
encuentra un sinfín de hallazgos, dejados cuando acertó en el silencio, dando
pie para dar cuenta a quienes enfrente de los muros, sin ventanas piensan,
legando el destino a un simple sueño marcado de insistencias. El juego no es
suyo ni del destino, pues marca el desatino entre los que están y los que no
quieren estarlo, y si surgen diferencias y falta de respeto, por una
incertidumbre y sinrazón de la inercia propia de una falta de quietud, desatendiendo
la dignidad al poner sin querer una propia hacedora de ensueño sin compartir,
clama al robar designios en una naturaleza muerta o dar vida a un cuadro
pintado en unos ojos que no ven y no lleva más que a vengar un propio rencor
yacido, en el propio hacedor de ideas. Encontrar entre los baúles una cajita
que guardara un poco del recuerdo de un sueño, entre una allegada visita a un destierro y un saludo,
tan digno de dar y recibir, estropea los
cimientos de una columna erguida entre dos barrotes que sostienen un poco de
tiempo, y corroe cuando al cerrar la caja, solo quedan recuerdos insensatos de
pocos quehaceres y de menos aún, ideas, pues aunque motivado y ausente, quien
sacaba y enervaba un principio, del bien querrían arreglar sin daños y
querellas, despojando a los incidentes de una forma tan precisa y concreta de
decidir. Quien no quiere no recibe la mejor de las allegadas sonrisas, pero
quien presta una y dedica simplemente un embozo, atañe al compás de las propias
risas el quehaciente de las verdaderas
intenciones, dando y regalando una intención que vaga en el recuerdo y
prestando la decisión a un tumulto de resuellos que despojan ilusiones y
altivan las razones por las que reír. Al sacar sus palabras de sorpresa y ver
que tan solo contaba con su silencio, el que más quería darle a la noche un
poco de ese silencio, arranca de quien no habita en su propio espacio y de
quien en su espontaneidad deja el apego
necesario a la fuerza de mejorar o no, en el propio corazón que late junto a
quien está cerca y mira de reojo al que no le dice nada, haciendo notar el hilo
de ausencia, cuando parte el vapor que hervidor de consuelo, sellando la
precisa hora de un espacio cerrado, en las paredes que saben más que un cuadro
pintado, llegan los retablos del candor
que desprende la sensatez de decidir, cuando falta para poner el inciso en un
clavo que sujeta la propia pared al martillo, encuentran en un mismo estante que
dejaron sin colgar a quien pinta, para darle una pincelada a la cordura propia
del marco que resiste constancia del tiempo, ya que deja entre los callejones
repletos de miradas y el tránsito de un paso hacia atrás para apreciar la
distinta forma, desde el otro lado de la ventana en la que no se ve, y desde quien
mira en donde la verdadera razón hurga, prestará más que el punto de no encontrar nada
y desde donde en su tiranía buscó lo innecesario, y desde donde su coraza se
resiente por la persistencia en decidir que es bueno para los demás, donde la
propia imagen, desde el fondo, desde donde solo estaba un poco de ese silencio
que prestó a un momento, como el pequeño niño que sube a un árbol para mirar
arriba y ver que hay debajo o más allá de la propia copa que levantan esas
manos y siente cuando presta una semilla al suelo, que con todo el amor del
mundo el rocío se presenta en una mañana o en una tarde, que será quien cuidará
con ternura, como la misma vida nos cuida a cada uno, con la suerte que nos
rodea y a la fortuna de quienes nos presta esa mano que regala un poco del
entusiasmo, que nos regala un poco de la misma tierra que pisamos y del mismo
sustento que da todo lo que nos presta la vida, o como ese pequeño aprendiz que
dio un paso para seguir los suyos y llegó al fondo del pasillo, donde una vez
más llega y espera, desde donde una vez más toca para entrar y donde una vez
mas no le dicen que pase, pues entre los que esperan sin dar al tiempo ni dar
espacio a un poco de silencio, los llevaderos momentos de instantes que dan sus
pasos a ese pequeño espacio y ese largo camino, que afrenta a la distancia,
quedándose corta de tiempo, y quedándose sin más que recorrer, hasta que esa
puerta del final del pasillo se abra o cierre con su candado de rotas llaves y ate con sus cadenas de finos y
entrecruzados eslabones, dos retablos de inconsciencia, para dar tan solo a uno
la mayor de las venturas, la mayor de las fortunas, lo mejor de las propias
decisiones, para dejar de valorar y dejar de aferrar la inercia a unas
inciertas miradas, donde la ventana no cierra sin cortinas y donde el orden de
las decisiones solo cuentan para quien abre la puerta, sin el cuadro que pintar
y sin el árbol que plantar, pero si con su pequeño maestre que le dice dónde
mirar antes de dejar a un lado la carga de ese constante espacio, del que no se
desprende su propia decisión y del peso que lleva la propia acción, del mejor de todo los sentidos y del mejor de todos hechos
delante de las aptitudes.
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