lunes, 11 de enero de 2016

Después de la mentira.

       En el rellano de las apariencias, quien sabe distinguir entre lo verdadero y lo falso, argumenta más que un principio de normalidad entre las desmesuradas mentiras de un océano inmundo, aspecto que tiene formándose gota a gota en vez de átomo a átomo y molécula por molécula, ya que si limpiamos en ese rellano, formaríamos un aparente entrar en una antesala de verdades hechas para los verdaderos y puesta a prueba por los que se mienten hasta si mismos, pues formalizar una aparente entrada en un lugar que apreciáramos por su pulcritud. Pocos entrarían con los zapatos puestos, para dejar fuera el dolor y la rabia que provoca el sentirse pisado por las inmundicias que promueven los que solo saben mentir, ya que la mentira en boca de quienes prefieren engañar su honestidad solo formaliza al manchar esas gotas con sucios pesares. Hacer del rellano un lugar en el que entras y dejas los zapatos para respetar el sitio por el que pisas, es un encantador método para dejar afuera las zozobrantes vibraciones que emanan del mundo exterior antes de guardar reposo en el cubículo de la armonía, en la entresala de las apariencias, donde solo podemos decir que descalzos el suelo pisa nuestros pies y nosotros rozamos el suelo. La mentira, el mero hecho de decir lo que no es, poniendo de entredicho una falsa sensación o un falso comentario, que encelado por la propia indignidad que promueven los pensamientos para engañar a quien solo quiere oír una palabra decente, hace que esos impulsos erráticos sean vistos de mala manera, tanto por quien quiere aparentar o tanto por quien quiere creerse sus propias palabras, quehacientes de un rellano lleno de incógnitas de par en par, para hacer posible una forma o un ente en el que endiablámdamente nos hemos propuesto asistir para hacer que esas palabras que ciegan el entredicho de una conmensurada apariencia volcada en el ápice de un torbellino de propósitos para dar el ejemplo truncado de la siniestralidad de la verdad, cuando en el regocijo del que propone hacer de verdad un comentario, cela la diplomacia que embriaga con éxtasis profanado un recóndito lugar en el que habitar para encontrar seguridad entre todos los meros y funestos incapié de la mentira que deja a un lado la sinceridad. Aparente o no, la mentira solo hace su dignidad para aferrar un hecho al inculcado menester que nos otorga la simplicidad de hacerlo, de contar con otras palabras más alejadas de la incomprensión por parte propia que por parte de quien escucha, ya que quien sabe de verdad qué es lo que buscamos mintiendo, desmorona cualquier actitud que afronte a la realidad que tenemos entre los verbos ha decir y entre las palabras a contar.
         Decir que la mentira es piadosa es como buscar que decir para dar un rodeo a la verdad, pues mentir piadosamente o no, vulgariza el escondite en el que guardar esa mitad de verdad y la piadosa e inerte mentira, pues incitar a dar la vuelta al conocimiento para volver a encontrar lo que debiéramos de haber tenido antes de todo ese rodeo al placer de quitar, de devolver, de sufragar unas palabras que dichas con un propósito abnega cualquier razón para una comunidad de valores, forjados entre las bendiciones de las palabras hechas verdad y labrado con la esperanza y la mesura de irradiar polos positivos entre una mano y otra, hasta reconocer que el mentiroso solo se morderá la lengua entre las masticadas del bocado de ayer y entre la de hoy sangra por ver que las palabras llenan la boca de sinrazones cuando se miente y no se es honrado y honesto con el interlocutor o con esa comunidad que pretende dejar los zapatos fuera para poder entrar en lo mas sagrado de la intimidad sin suelas ni mentiras que apiaden el alma al fomentar valores o disvalores.

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