En el rellano de las
apariencias, quien sabe distinguir entre lo verdadero y lo falso,
argumenta más que un principio de normalidad entre las desmesuradas
mentiras de un océano inmundo, aspecto que tiene formándose gota a
gota en vez de átomo a átomo y molécula por molécula, ya que si
limpiamos en ese rellano, formaríamos un aparente entrar en una
antesala de verdades hechas para los verdaderos y puesta a prueba por
los que se mienten hasta si mismos, pues formalizar una aparente
entrada en un lugar que apreciáramos por su pulcritud. Pocos
entrarían con los zapatos puestos, para dejar fuera el dolor y la
rabia que provoca el sentirse pisado por las inmundicias que
promueven los que solo saben mentir, ya que la mentira en boca de
quienes prefieren engañar su honestidad solo formaliza al manchar
esas gotas con sucios pesares. Hacer del rellano un lugar en el que
entras y dejas los zapatos para respetar el sitio por el que pisas,
es un encantador método para dejar afuera las zozobrantes
vibraciones que emanan del mundo exterior antes de guardar reposo en
el cubículo de la armonía, en la entresala de las apariencias,
donde solo podemos decir que descalzos el suelo pisa nuestros pies y
nosotros rozamos el suelo. La mentira, el mero hecho de decir lo que
no es, poniendo de entredicho una falsa sensación o un falso
comentario, que encelado por la propia indignidad que promueven los
pensamientos para engañar a quien solo quiere oír una palabra
decente, hace que esos impulsos erráticos sean vistos de mala
manera, tanto por quien quiere aparentar o tanto por quien quiere
creerse sus propias palabras, quehacientes de un rellano lleno de
incógnitas de par en par, para hacer posible una forma o un ente en
el que endiablámdamente nos hemos propuesto asistir para hacer que
esas palabras que ciegan el entredicho de una conmensurada apariencia
volcada en el ápice de un torbellino de propósitos para dar el
ejemplo truncado de la siniestralidad de la verdad, cuando en el
regocijo del que propone hacer de verdad un comentario, cela la
diplomacia que embriaga con éxtasis profanado un recóndito lugar en
el que habitar para encontrar seguridad entre todos los meros y
funestos incapié de la mentira que deja a un lado la sinceridad.
Aparente o no, la mentira solo hace su dignidad para aferrar un hecho
al inculcado menester que nos otorga la simplicidad de hacerlo, de
contar con otras palabras más alejadas de la incomprensión por
parte propia que por parte de quien escucha, ya que quien sabe de
verdad qué es lo que buscamos mintiendo, desmorona cualquier actitud
que afronte a la realidad que tenemos entre los verbos ha decir y
entre las palabras a contar.
Decir que la mentira es
piadosa es como buscar que decir para dar un rodeo a la verdad, pues
mentir piadosamente o no, vulgariza el escondite en el que guardar
esa mitad de verdad y la piadosa e inerte mentira, pues incitar a dar
la vuelta al conocimiento para volver a encontrar lo que debiéramos
de haber tenido antes de todo ese rodeo al placer de quitar, de
devolver, de sufragar unas palabras que dichas con un propósito
abnega cualquier razón para una comunidad de valores, forjados entre
las bendiciones de las palabras hechas verdad y labrado con la
esperanza y la mesura de irradiar polos positivos entre una mano y
otra, hasta reconocer que el mentiroso solo se morderá la lengua
entre las masticadas del bocado de ayer y entre la de hoy sangra por
ver que las palabras llenan la boca de sinrazones cuando se miente y
no se es honrado y honesto con el interlocutor o con esa comunidad
que pretende dejar los zapatos fuera para poder entrar en lo mas
sagrado de la intimidad sin suelas ni mentiras que apiaden el alma al
fomentar valores o disvalores.
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