Queda esperar de las
palabras un hálito de certidumbre, como cuando hablamos de lo que
queremos sin darnos cuenta, sin percatarnos del mensaje subliminar
que entornamos en nuestra mente, para decir o hacer algo que
consideramos real, sin darnos cuenta de que ese mensaje puede
prevalecer ante una duda menospreciada, para decir que, luego del
entender el por qué, la vida se nos antoja divertida, sin demorar a
la astucia prevalecedora de los instantes en los que rodeamos el
comentario para hacerlo indigno con una consideración inapropiada.
Las emociones que pululan por nuestro interior, cuando las
canalizamos para dar sentido al momento, nos nutre dependiendo de la
complejidad, para poner en claro que somos seres emocionales, y de lo
cual, somo lo suficientemente personas para aceptar que cada cual
siente lo que siente. Si empeñamos el dolor que nos embauca cuando
las emociones no nos gustan, hemos de darnos cuenta de la empatía,
que pudiendo merecerla, nos hará el despótico sentimiento cuando
queremos sublevar al encantador de sentimientos y emociones, para
darnos cuenta de que el juego que empezó para dar sentido a un
momento nos encierra en un acertijo de condiciones para hacer de la
percepción la encantadora manera de arrebatar las claras emociones
de paz, dando la vuelta al sentimiento que alrededor nuestro fluye,
encadenando al fluctuante merecedor de las palabras que encierran
despotismos, anclando la superficialidad del comportamiento como una
mera forma de acentuar el juego entre dos para dar por sentado que
cuando no hace falta algo o alguien, sea despedido con la indignación
propia de los que juegan a querer y ganar mintiendo. Una propuesta
para hacer posible la hipocresía que nos envuelve entre los que
rodeados de ideas manipulan el entredicho de la verdad a medias, es
capacitar a un ser a que mienta y acepte su condición de humano en
la cual es contentar al mandatario que embulle la propia decisión de
repercutir en el estado de ánimo de quien sólo hace posible el
entendimiento entre cohechores que permiten saciar el hambre de
mentiras para ligar con la propia verdad entregada a los hechos que
nos rodean por querer ser desigual al concepto de jerarquía, cuando
el que presta la voz para emancipar la decisión, cuenta con el apoyo
de ese pretexto en el que incide la voluntad propia acertando en la
discontinuidad del propio valor que le damos a la existencia, sin
pararnos a pensar en qué o quién hace lo posible para subyugar el
aliento de honesto en unas precarias maneras de dar a entender que es
posible mentir diciendo la verdad y contradecir la verdad con una
mentira sólo es posible si emerge un conflicto de intereses entre
los que dicen la verdad y los que mienten, demostrando con honestidad
que cada cual cree que es posible hacer de intermediario con las
manos vacías, hasta entonar el llamamiento a la realidad de quienes
merman la capacidad de acción con un entredicho vulgar, a pesar
entre los que prefieren la dificultad de encubrir a un embaucador y
de encerrar entre las cuatro paredes de un patio al que sin mentir a
decidido encerrar la realidad para enseñar después el propio dolor
que repercute en el humilde y sensato ser que abarca desde que sabe
que es mentir sin pararse a contarlo, sin pararse a concebir, sin
pararse a menospreciar el cariño que desprende una iluminada
sensación que nos ampara en el interior, para expresar desde otro
punto de vista el enjaulamiento del opresor que difama por costumbre
sobre la capacidad de reacción que tienen los que solo saben que
entre un bien añadido y un mal consternado, solo cabe esperar que
entre una palabra y otra halla un contraste entusiasmado de
positividad entre la fe que guarda el sentimiento y la verdad que
guardan las palabras, hasta dar por sentado que la unificación de
una sola verdad que nos pueda bendecir con cada verbo, pueda dar a la
vida el mejor de los sentidos y emociones, aunque en el transcurso
hasta llegar a la verdad, entre los que prefieren decirlo a medias,
es entrega la honestidad que nos precede ante los ojos de los que
verdaderamente hacen posible la dignidad de un solo encuentro con las
palabras que mal sonantes nos enreda en un hálito de certidumbre
cuando es solo el parecido de la realidad contando con los que
vuelven a casa después de trabajar y reaccionan con el parecer de
una vida plena en la que guardamos lo mejor para la tarde, y
encontramos en la mañana un trozo de tiempo para que ese instante en
el que nos paramos a pensar si es mejor ser digno y decir la verdad a
pesar de que nos cueste entenderlo o decir mentiras a media voz para
seguir con el entresijo de deslealtades que nos propone la
civilización en la que guardamos una hipocresía para regalarla a
quien verdaderamente no se la merece.
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