domingo, 13 de marzo de 2016

El sutil encanto de la hipocresía.

        Queda esperar de las palabras un hálito de certidumbre, como cuando hablamos de lo que queremos sin darnos cuenta, sin percatarnos del mensaje subliminar que entornamos en nuestra mente, para decir o hacer algo que consideramos real, sin darnos cuenta de que ese mensaje puede prevalecer ante una duda menospreciada, para decir que, luego del entender el por qué, la vida se nos antoja divertida, sin demorar a la astucia prevalecedora de los instantes en los que rodeamos el comentario para hacerlo indigno con una consideración inapropiada. Las emociones que pululan por nuestro interior, cuando las canalizamos para dar sentido al momento, nos nutre dependiendo de la complejidad, para poner en claro que somos seres emocionales, y de lo cual, somo lo suficientemente personas para aceptar que cada cual siente lo que siente. Si empeñamos el dolor que nos embauca cuando las emociones no nos gustan, hemos de darnos cuenta de la empatía, que pudiendo merecerla, nos hará el despótico sentimiento cuando queremos sublevar al encantador de sentimientos y emociones, para darnos cuenta de que el juego que empezó para dar sentido a un momento nos encierra en un acertijo de condiciones para hacer de la percepción la encantadora manera de arrebatar las claras emociones de paz, dando la vuelta al sentimiento que alrededor nuestro fluye, encadenando al fluctuante merecedor de las palabras que encierran despotismos, anclando la superficialidad del comportamiento como una mera forma de acentuar el juego entre dos para dar por sentado que cuando no hace falta algo o alguien, sea despedido con la indignación propia de los que juegan a querer y ganar mintiendo. Una propuesta para hacer posible la hipocresía que nos envuelve entre los que rodeados de ideas manipulan el entredicho de la verdad a medias, es capacitar a un ser a que mienta y acepte su condición de humano en la cual es contentar al mandatario que embulle la propia decisión de repercutir en el estado de ánimo de quien sólo hace posible el entendimiento entre cohechores que permiten saciar el hambre de mentiras para ligar con la propia verdad entregada a los hechos que nos rodean por querer ser desigual al concepto de jerarquía, cuando el que presta la voz para emancipar la decisión, cuenta con el apoyo de ese pretexto en el que incide la voluntad propia acertando en la discontinuidad del propio valor que le damos a la existencia, sin pararnos a pensar en qué o quién hace lo posible para subyugar el aliento de honesto en unas precarias maneras de dar a entender que es posible mentir diciendo la verdad y contradecir la verdad con una mentira sólo es posible si emerge un conflicto de intereses entre los que dicen la verdad y los que mienten, demostrando con honestidad que cada cual cree que es posible hacer de intermediario con las manos vacías, hasta entonar el llamamiento a la realidad de quienes merman la capacidad de acción con un entredicho vulgar, a pesar entre los que prefieren la dificultad de encubrir a un embaucador y de encerrar entre las cuatro paredes de un patio al que sin mentir a decidido encerrar la realidad para enseñar después el propio dolor que repercute en el humilde y sensato ser que abarca desde que sabe que es mentir sin pararse a contarlo, sin pararse a concebir, sin pararse a menospreciar el cariño que desprende una iluminada sensación que nos ampara en el interior, para expresar desde otro punto de vista el enjaulamiento del opresor que difama por costumbre sobre la capacidad de reacción que tienen los que solo saben que entre un bien añadido y un mal consternado, solo cabe esperar que entre una palabra y otra halla un contraste entusiasmado de positividad entre la fe que guarda el sentimiento y la verdad que guardan las palabras, hasta dar por sentado que la unificación de una sola verdad que nos pueda bendecir con cada verbo, pueda dar a la vida el mejor de los sentidos y emociones, aunque en el transcurso hasta llegar a la verdad, entre los que prefieren decirlo a medias, es entrega la honestidad que nos precede ante los ojos de los que verdaderamente hacen posible la dignidad de un solo encuentro con las palabras que mal sonantes nos enreda en un hálito de certidumbre cuando es solo el parecido de la realidad contando con los que vuelven a casa después de trabajar y reaccionan con el parecer de una vida plena en la que guardamos lo mejor para la tarde, y encontramos en la mañana un trozo de tiempo para que ese instante en el que nos paramos a pensar si es mejor ser digno y decir la verdad a pesar de que nos cueste entenderlo o decir mentiras a media voz para seguir con el entresijo de deslealtades que nos propone la civilización en la que guardamos una hipocresía para regalarla a quien verdaderamente no se la merece.

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