Las maneras de hacer en
la vida algo con locura dependerá del grado de insatisfacción que
acarrea la incertidumbre a la hora de pensar qué es necesario para
vivir con ello sin que los remordimientos nos encaucen hacia lo
desconocido. Hablamos de locuras por amor, por cariño a quien
tenemos al lado y nos brinda instantes para recordar, hablamos de la
locura sana, la que puede hacer posible que las risas embriaguen la
mente y nos envuelva con dulzura a la vez que roza la suave brisa por
entre los recovecos del pelo ensortijado, hablamos de la locura
pasional que nos delata cuando emocionados cruzamos los límites
creíbles de la cordura, una cordura subjetiva que nos envuelve a
cada uno de nosotros. El fin de acarrear problemas por sentirnos
locos es por la perspectiva que nos enseña el mundo con su propia
locura, cuando llevamos al límite nuestro razonamiento y sin darnos
cuenta estamos sumergidos en un conflicto sin sentido, cuando en la
vida de otros simplemente es un suspiro mas del hálito de esa vida
que enseña a levantarnos cuando caemos en un sin sentido de la
cordialidad, mezclado con el sudor de la impaciencia que evoca el
conflicto cuando las manos tiemblan y las palabras se truncan en una
indignidad provocada por el mero hecho de la ineptitud que nos recela
cuando aun sentimos lejos los latidos del corazón. Es la manera de
hacer y pensar todo lo que podamos de antemano o simplemente
vislumbrar un atisbo de inestabilidad en todo lo que creemos hacer y
en todo lo que soñamos al pensar, aun cuando la manera de hacerlo
sea correcta, siempre que esté dentro de los limites de la cordura,
siempre que sea la manera de hacer una solución en vez de un
problema. Ese mero formalismo que ata y embriaga la dignidad fuera de
lo común, que se aprovecha de la debilidad del fuerte y que grima la
fragilidad del rudo, ese instante en el que vemos repercutir una
falta de perdón o que embobados aislamos del pésimo sentido que da
la libertad, esa perspectiva que emana de la ligereza de un propósito
hacia la inestabilidad preconcebida del apoyo que merma la capacidad
de acción, es a fin de cuenta un trozo de tiempo que marca la
diferencia entre un malestar y un principio inadecuado que tolera del
desistimiento cuando a propia voz rebusca entre los quehaceres de un
espacio inadecuado y sobrepasa los limites de la tolerabilidad que
nos embauca cuando aun prendemos razones por las que apagar la vela
en vez de dejar el candil amparando la poca luz que se necesita en un
alma o en un espíritu vivo de alegría. En vez de empezar al
terminar o en vez de seguir al desistir, en vez de apaciguar cuando
el miedo insiste en perdurar, en vez de acicalar cuando las
insatisfacciones despeinan la cordura o cuando la creatividad
encierra una falta de dignidad, es cuando la humildad hace posible el
embozo de una sonrisa, cuando la seguridad de tener entre unos u
otros la propia posibilidad de ser uno dentro de este mundo en el que
nos hacemos en cada día, es como ser paciente ante la espera de
saber que la tranquilidad nos hace seguros, es cuando la posibilidad
de mencionarte y mencionar a otros sin la desigualdad propia de
quienes fomentan los engaños nos de acritud y menosprecio sin venir
a cuenta para fortalecer los instintos innatos que heredamos de la
vida y del sueño que repercute cuando salvajemente nos hemos
desaprobado al decir de esos otros o de nosotros mismos. Es la ardua
tarea del día a día, que nos construye y nos hace pensar en todo lo
que nos rodea cuando simplemente se nos está cayendo el mundo,
cuando a nuestros pies arrojan agua hirviendo en vez de dejarlos en
reposo tibiamente antes de ir a dormir, para recrear en la paz que
nos invade cuando mecemos la cordura, hasta hacer posible ese mal
estar que irradia todo lo que tocas cuando aun no has mencionado
palabra, al designio particular de tu aventura sin compañía, a la
atrocidad de mermar la infancia a dos paredes cerraras, a un pasillo
en el que por una puerta estas escondido y en la otra se esconde tu
fortuna, para dar las luces que abren el cielo en una mañana a ti
mismo en tu propia compañía, hasta llegar hacia otro lado en el que
por la tarde buscas con quien ver esas luces que revolotean por tu
cabeza sin darte cuenta de que te tienes a ti mismo y a quienes hacen
posible tu historia, sean del fondo de tu cabeza los que salen o sean
los de tu cabeza los que entran.
Superar con la fuerza de
voluntad un acontecimiento impredecible, cuando el canto de las
sirenas transforma la sutileza de amar en sumisión, aparenta que
servimos a la realidad de ser uno mismo mientras el incesante canto
nos va acercando al paraíso del engaño, cuando las razones que
embaucan los sentidos nos difiere y alejan de la realidad, puesta
entre los pensamientos y reacciones que presumibles antes de tirar
al fondo del pozo toda la cordialidad y afecto, hacen que el
intercambio de posibilidades fehacientes rompan con su esquema para
repercutir en una acción descomunal por llevar a cabo una ilusión
desmedida. Para hacer posible una cordura real, en el mundo en el que
vivimos, las normas que comparten los prejuiciosos que siembran
discordias dan por sentado que recogerán discordias, pero si dejan
pasar por alto esas normas que nos definen, la cordura no tendría
sensatez, entregados a cumplir lo que pactan para el bien común sin
dejar de pensar en la sensatez que nos haría hacer distinto el
aislamiento humano, pues hombres de bien somos los que asumimos el
papel del verdadero interés que traza la cordialidad entre todos los
que sembramos para recoger eso mismo que sentimos en lo mas profundo
de la vida, antes de contagiar de ira los que no saben esperar y con
los que es mejor dejar a un lado, hasta que la propia vida nos enseñe
que estar un poco loco es sinónimo de estar un poco vivo y
totalmente cuerdo es aquel que esconde la mano una vez tirada la
piedra.
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