lunes, 1 de febrero de 2016

Insiste la codicia.

     Arropar a los derroteros de las disciplinas que emergen de la sociedad, con sus preámbulos de poca insistencias y directos al fehaciente desarrollo de sus complicidades en el activo mundo de las calles, en las que poco de lo que cuentan es agradable y del que en su violencia provoca al invadir una estancia en el recelo de la hipocresía, pues maltratadores los que hacen sentido al poco sumiso acuerdo y malhechores los que promueven el significativo de bienestar. Hay que hacer lo mejor que uno pueda dentro de la dignidad acordada, pero ponerse de acuerdo con la violencia sumergida en un hábito delictivo frecuente en una psicopatía común entre los benefactores de ideas hechas para morir, mientras no se conmueven al saber hacer explicito un significado entre los compañeros de lidiada o los enemigos hermanados de la soledad, opositando las dignas falacias al mero signo de rebatir la cordura con un poco del quehaciente derecho de ignorancia, perpetuo en las exhaladas de humos que comparten las esquinas, puestas en las calles para adornar un decrépito e insano tumulto de ideas, puestas en las paredes y adornadas en las bocas que muerden la codicia en un trozo de revuelo infantil, que con el tiempo se mermó en la falta de humildad y de honestidad, para afrontar la inmadura inocencia en rabia e ira en vez de de alegría y espontaneidad.
       Los grandes, los adultos que enfrentan a la vida con un puñado de gratas insatisfacciones, merodean por entre los cabritos de la inconsciencia para regalar un poco, solo un poco de la poca forma que se le da al conocimiento de la vida, pues aparte de poner todo el empeño en crecer con recelo y envidias, solo al colocar la mente en un distraído espacio oportuno detrás de las esquinas y adornándolos con ceniza y una gran cantidad de disparates, siendo el incidente unas pocas monedas para cambiar al mejor postor el hálito de la injusta competencia entre unos pocos que siembran terror y otros pocos que recogen miedo. No dejaría a ninguno en una esquina, en cualquier esquina que preste a preámbulos insistentes entre el mejor o lo peor, entre lo mezquino o lo ingrato, no dejaría a un trozo de mi independencia sujeto a una pulcritud que emana de mis razones dignas de entendimiento, de razones por las que luchar sin dar tregua a los insustancial de la propia vida que se empeña en divagar hasta encontrar una propia manera de vivir y una propia manera de lograr el propósito en la juventud, sin libros ni clases, sin dogmas ni estilos, solo con unas pocas piedras en los bolsillos para que el viento arrecie y no pueda levantar ni una sola paja del suelo.
      Es así, de triste y de ingrato, en la vida que llevamos para darnos cuenta de los motivos por los que “doblar las esquinas” sean privilegio, como cuando en el limite y en las fronteras de la civilización, dentro de argots irresolutos en un saludo y en una despedida, sean marca de la casa que cubre las intencionadas sonrisas de quienes invitan a la dichosa satisfacción de unas pocas palabras entendidas y muchas otras disueltas en el barrunto de pocas ideas y de pocas razones. Darnos cuenta de lo significativo de participar en coros callejeros, en los sitios que tientan a malintencionar la cordura, dentro de los rangos explícitos de una mentalidad coherente, cabe esperar un poco de abrumamiento o un poco de extenuación cuando el ápice de la codicia es el ser mismo por el egoísmo de la vida, cuando en las comunidades luchar por el mejor sitio no vale, estar en el mejor momento no cuenta, sentir pletórico el instante para acrecentar es sinónimo de dopar, solo cuando entre los brazos tienes afín un montón de rayas, dibujos y garabatos, siendo lo que importa en el futuro inmediato del tiempo que rueda en dirección contraria al tiempo que no vuelve en la dirección correcta. Es así y no queda otra que prestar al tiempo las prisas de unos y los lentos y largos momentos de otros, para llegar a entender que el tiempo se pierde, en vez de ganar al tiempo todo lo que en experiencias nos da, para alargar el préstamo justo de ese tiempo que nos envuelve entre una manta arropándonos en un sofá o con una caña en la mano pegado al precipicio de una barra de bar. Cuando el tiempo que nos regalan es para nosotros y solo para nosotros, esa tuburbiaredad de anclarse en un rincón de una barra de bar queda lejos de explicarse ya que no existiría para los ociosos pues se buscaría tiempo para andar, correr, nadar o incluso saltar a la comba en algún lugar mas idóneo, aunque masquemos chicle sin darnos cuenta. El que hace posible encontrar un lugar mas idóneo que amparar cuartos escondido en un bajo, hace entender que su posibilidad de ir por medios sería mas útil, pues el que ampara todo lo que quiere bajo su préstamo económico a cambio de una o dos formas de intercambiar, da mas cuando es aferente efectivo y menos cuando los relojes se atrasan metidos en una mesita de cabecera de cama.

      El que deja a un lado es porque no necesita el valor que le puede dar algo sin pedirlo, el que deja a otro lado lo que pide es porque no tiene lo que necesita y el que simplemente deja encima de una mesa algo olvidado se percatará del olvido cuando se acuerde de que hace falta tenerlo encima. Todo lo demás no cuenta pues pretenderemos tener de todo sin romper el saco para hacernos lo mejor, el mejor de todos los que hay con algo o de los que tienen por algo, aunque el que puede sera mejor que el que tiene, a sabiendas de que todos podemos tener algo y aun mejor que poder tener algo, pero cuando lo que no tenemos es de otra índole, romperemos todo lo que haga falta para tener y poder tener lo que no somos o no tenemos. Aun así, seria beneficiario de lo mejor aun a sabiendas de que ya lo tengo y no por eso voy a ser peor, pero un poco mejor si le doy el uso que necesita verdaderamente tener para poder tener su justa medida y su justo valor.

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