Arropar a los derroteros
de las disciplinas que emergen de la sociedad, con sus preámbulos de
poca insistencias y directos al fehaciente desarrollo de sus
complicidades en el activo mundo de las calles, en las que poco de lo
que cuentan es agradable y del que en su violencia provoca al invadir
una estancia en el recelo de la hipocresía, pues maltratadores los
que hacen sentido al poco sumiso acuerdo y malhechores los que
promueven el significativo de bienestar. Hay que hacer lo mejor que
uno pueda dentro de la dignidad acordada, pero ponerse de acuerdo con
la violencia sumergida en un hábito delictivo frecuente en una
psicopatía común entre los benefactores de ideas hechas para morir,
mientras no se conmueven al saber hacer explicito un significado
entre los compañeros de lidiada o los enemigos hermanados de la
soledad, opositando las dignas falacias al mero signo de rebatir la
cordura con un poco del quehaciente derecho de ignorancia, perpetuo
en las exhaladas de humos que comparten las esquinas, puestas en las
calles para adornar un decrépito e insano tumulto de ideas, puestas
en las paredes y adornadas en las bocas que muerden la codicia en un
trozo de revuelo infantil, que con el tiempo se mermó en la falta de
humildad y de honestidad, para afrontar la inmadura inocencia en
rabia e ira en vez de de alegría y espontaneidad.
Los grandes, los adultos
que enfrentan a la vida con un puñado de gratas insatisfacciones,
merodean por entre los cabritos de la inconsciencia para regalar un
poco, solo un poco de la poca forma que se le da al conocimiento de
la vida, pues aparte de poner todo el empeño en crecer con recelo y
envidias, solo al colocar la mente en un distraído espacio oportuno
detrás de las esquinas y adornándolos con ceniza y una gran
cantidad de disparates, siendo el incidente unas pocas monedas para
cambiar al mejor postor el hálito de la injusta competencia entre
unos pocos que siembran terror y otros pocos que recogen miedo. No
dejaría a ninguno en una esquina, en cualquier esquina que preste a
preámbulos insistentes entre el mejor o lo peor, entre lo mezquino o
lo ingrato, no dejaría a un trozo de mi independencia sujeto a una
pulcritud que emana de mis razones dignas de entendimiento, de
razones por las que luchar sin dar tregua a los insustancial de la
propia vida que se empeña en divagar hasta encontrar una propia
manera de vivir y una propia manera de lograr el propósito en la
juventud, sin libros ni clases, sin dogmas ni estilos, solo con unas
pocas piedras en los bolsillos para que el viento arrecie y no pueda
levantar ni una sola paja del suelo.
Es así, de triste y de
ingrato, en la vida que llevamos para darnos cuenta de los motivos
por los que “doblar las esquinas” sean privilegio, como cuando en
el limite y en las fronteras de la civilización, dentro de argots
irresolutos en un saludo y en una despedida, sean marca de la casa
que cubre las intencionadas sonrisas de quienes invitan a la dichosa
satisfacción de unas pocas palabras entendidas y muchas otras
disueltas en el barrunto de pocas ideas y de pocas razones. Darnos
cuenta de lo significativo de participar en coros callejeros, en los
sitios que tientan a malintencionar la cordura, dentro de los rangos
explícitos de una mentalidad coherente, cabe esperar un poco de
abrumamiento o un poco de extenuación cuando el ápice de la codicia
es el ser mismo por el egoísmo de la vida, cuando en las comunidades
luchar por el mejor sitio no vale, estar en el mejor momento no
cuenta, sentir pletórico el instante para acrecentar es sinónimo de
dopar, solo cuando entre los brazos tienes afín un montón de rayas,
dibujos y garabatos, siendo lo que importa en el futuro inmediato del
tiempo que rueda en dirección contraria al tiempo que no vuelve en
la dirección correcta. Es así y no queda otra que prestar al tiempo
las prisas de unos y los lentos y largos momentos de otros, para
llegar a entender que el tiempo se pierde, en vez de ganar al tiempo
todo lo que en experiencias nos da, para alargar el préstamo justo
de ese tiempo que nos envuelve entre una manta arropándonos en un
sofá o con una caña en la mano pegado al precipicio de una barra de
bar. Cuando el tiempo que nos regalan es para nosotros y solo para
nosotros, esa tuburbiaredad de anclarse en un rincón de una barra de
bar queda lejos de explicarse ya que no existiría para los ociosos
pues se buscaría tiempo para andar, correr, nadar o incluso saltar a
la comba en algún lugar mas idóneo, aunque masquemos chicle sin
darnos cuenta. El que hace posible encontrar un lugar mas idóneo que
amparar cuartos escondido en un bajo, hace entender que su
posibilidad de ir por medios sería mas útil, pues el que ampara
todo lo que quiere bajo su préstamo económico a cambio de una o dos
formas de intercambiar, da mas cuando es aferente efectivo y menos
cuando los relojes se atrasan metidos en una mesita de cabecera de
cama.
El que deja a un lado es
porque no necesita el valor que le puede dar algo sin pedirlo, el que
deja a otro lado lo que pide es porque no tiene lo que necesita y el
que simplemente deja encima de una mesa algo olvidado se percatará
del olvido cuando se acuerde de que hace falta tenerlo encima. Todo
lo demás no cuenta pues pretenderemos tener de todo sin romper el
saco para hacernos lo mejor, el mejor de todos los que hay con algo o
de los que tienen por algo, aunque el que puede sera mejor que el que
tiene, a sabiendas de que todos podemos tener algo y aun mejor que
poder tener algo, pero cuando lo que no tenemos es de otra índole,
romperemos todo lo que haga falta para tener y poder tener lo que no
somos o no tenemos. Aun así, seria beneficiario de lo mejor aun a
sabiendas de que ya lo tengo y no por eso voy a ser peor, pero un
poco mejor si le doy el uso que necesita verdaderamente tener para
poder tener su justa medida y su justo valor.
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