Abrigarse al lado de la
chimenea que quema los recuerdos que nos deja la inconsciencia,
cuando queremos dar un paso y ya hemos dado el otro, antes de
levantar la cabeza y mirar para donde vamos cuando el paso se ha de
dar en firme, en un abrupto y discordante terreno como es el de ser
tal y como quieren y no tal y como somos. El camino que seguimos
cuando andamos no nos deja ver qué somos cuando vamos anticipando el
paso que damos con el posterior, para dar incapié al sentido en el
que tenemos que guardar las composturas, en vez de guardar las manos
en los bolsillos por si el frio arrecia o por si encontramos en los
bolsillo desmedidos tikets de la compra de ayer, cuando sin darnos
cuenta fuimos por donde los precios son asequibles para nuestra
tarjeta de Visa sin pararnos a pensar en el mundo caótico en el que
el consumismo nos da la espalda cuando tenemos con qué gastar y no
sabemos el qué comprar, para darle un capricho al discordante
embeleso de la televisión que promueve la dicha colectiva cuando se
tiene lo mejor de todo y cuando se quiere tener eso que aun sin
hacernos falta, admiramos como pieza de caza para dar sentido a
nuestra dignidad puesta en manos de un gran almacén o de una tienda
exclusiva, donde el juego de los ganadores es tener mas de una moneda
en la mano y donde el triunfo del espectador es adinerar a quienes
tienen motivos para ganar mas de lo que jamas un pobre habría soñado
antes de tener un empleo y un gran coche para llegar a pagar un
alquiler o una hipoteca afijadas a unas letras que con el tiempo se
incrementa su disposición económica hasta darle el valor que unos
cuentan y otros mantienen para dar un tipo de interés a la vida y al
valor de poder tener algo, aunque suene a la insaciable necesidad de
ser o del ser así, tal y como quieren los que mandan y tal y como
mantiene su teoría económica los que aprenden del tipo de interés
que forman los consumistas o simplemente cualquier gobierno que
quiera mantenerse dentro del estatus global, pues entre los
economistas y políticos cabe esperar que el mundo siga tal y como lo
vemos, pero el que necesariamente quiere hacer otra vida, puede, con
su valor y dignidad por encima de todo, pues hacerse humilde en un
mundo materialista es dar un valor añadido a quienes pueden recibir
algo a cambio de algo, pero el que ve que tiene para dar y regalar,
solo gasta en su condición de pagador, ya que si necesito poco lo
invierto en algo que cueste poco, como semillas a las que darle vida
en mi necesario terreno, y esperar salud a cambio de un respiro de
aire oxigenado es lo que privatizaría un emprendedor con ganas de
comer sano y a su salud que coman unos poco mas, pues entre amigos,
amigos de compra-venta, estos que son los que esperan de ti un buen
pagador, son los que por el mundo merodean entre las llamadas poco
afectivas esperando que una buena fiesta llene a todos con el placer
de gastar por el interés que afirmativamente estoy proponiendo en mi
escucha, en una escucha indirecta que a cada hacedor de palabras
propone antes de organizar la merienda con ensalada y fruta o de
alquilar un local y merendar con las moras que presta el árbol de la
esquina.
Todo lo que sostiene un
precio en estos días en vendible, pero los que tienen precio son los
que se venden a mejor postor. Todos nos vendemos por algo pero hay
gente que intercambia valores y sentimientos por emociones y
gratitudes. Estos que saben qué es ganar tiempo con salud, son los
que van mejor en todos los sentidos dignos de la aventura en la vida,
pues sentados en un trozo de tierra pueden hacer que la vida pase
cada vez que caminan por debajo de sus pies y encima de la tierra la
mas generosa de las gratitudes, plantas comestibles que aun sin
cosechar ya asoman por la rendija de la vida que en salud nos
prestará un trozo de su destino y un poco de su bienestar. Otros que
llevan el carro hasta encima de yo que sé que cosas llenas de
venenos lentos, que van matando porque se acumula en nuestro cuerpo
esas sustancias o no toleramos bien algunas de ellas, es el mundo que
nos ha tocado, el mundo que se viste de grandes superficies y del
cual ya no aprendemos nada, pues para aprender están los colegios
pero para aprender de la vida, ya no está el abuelo que nos contaba
o la tía que venía del extranjero con fotos o el sobrino que vuelve
de su viaje a África y del cual nos trae semillas de cacao para
plantar en la finca de los tíos, pues entregados a una solitaria
campaña con el consumismo de la mano poco nos espera de quienes
queremos que sigan aprendiendo y solo ven la maldad que evoca un
sinfín de atrocidades que aprenden de lo que no es justo y de la
maldad que habita en el intrínseco ser humano, cuando en vez de dar
la mano mira la cartera y en vez de apretar las manos se agarra a un
clavo hirviendo porque es de oro.
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