domingo, 21 de febrero de 2016

La inocencia que truncó la desesperación

El torbellino de decisiones que debe de tomar el mando de un ejercito, no es igual cuando las ordenes son claras y sensatas, pues mandar a un grupo de insurgentes que abaten a tiros a todo lo que se mueve es dar riendas a la perspicacia que monda en el terreno angosto de las dificultades enteras y puestas de la mano de guerrilleros que ambicionan el terror y la codicia de aterrorizar a quienes tienen tan solo un momento para darse cuenta y toda una vida para quienes sobreviven en esa contienda de malos modos. Ya puestos a pensar quien es el malo, todo lo que busque un sentido ofensivo en una guerra de ultratumba es cortar la libertad que tenemos todos a la hora de poner un pie si en el quicio de la puerta, si se ha puesto otro para dejar pasar al que entra con malos modos, sea o no el que mande en esos territorios puestos a pedir, ya que quienes ponen la fuerza para aterrar aunque solo sea al vecino, es digno de contemplar su mudez cuando tiembla al ver su peor enemigo, antes de dar por sentado que la vida la hacemos los que vivimos en paz y la deshacen los que indignan al complejo de superioridad. Aterrar o no a quien es hermano de la vida, por pasajeras puestas de miedo en la infancia, cuando todo el terror era apagar la luz de la habitación y al contemplar la linterna entre las sábanas el pavor de iluminar la oscuridad dando miedo es peor que esperar a que vengan con fusiles y bayonetas a cruzar la puerta y con el haz de luz eliminar a todos los que en alguna guerra han pasado, como los abuelos que guerrearon por la patria y aun no han despertado del horror y a sus nietos pavonearse de pistoleros cuando en verdad les entra miedo cuando no están esos mayores que les dan protección. Pero cuando queda uno solo, uno que no quiere guerras y le dan collejas por pasivo. Es el pendonear de la vida ancestral por todo el tiempo que lleva huyendo de sus migas hechas con el pan del propio hermano que mete en el horno el pan de cada día de unos pocos y come el pan de cada día de otros tantos, que hechos ha pedir de boca solo tienen esa rebeldía con la vida puesta en el interés de hacer daño, sin saberlo, sin saber que se es capaz de hacer la vida con dignidad en vez de seguir con esa linterna encendida en medio de la habitación diciendo que la luz corrompe el alma y destroza el espíritu, dando al que agnósticamente ha labrado para un futuro mejor una esencia distinta a la que lleva de por vida, pues semejantes o no cada uno lleva un trozo de vida atado al pasado aunque no lo recordemos. Esa es la esencia que tenemos y el que vibra de corazón con todo el transcendentalismo que repercute en su labor. La propia magia que ejerce el poder de la inocencia no es el mero de ser como un niño y sentirse como tal, es saber que ese don de la humildad que tenemos antes de que lo corrompan los individuos de mal carácter, hace que rompa la dignidad en un percance de esos cuentos que antes sonaban a dicha y que ahora suenan a guerra, pues el que pone los pies en el suelo al levantarse y le invade el terror de que se lo coma un cocodrilo llevado desde los sueños de Piter Pan, es esa madurez que cuenten con los dichos de un adulto antes de dar por sentado que un poco de miedo hará mas fuerte al que no teme, sabiendo que el que está asustado y con miedo es simplemente el mejor resultado de la inocencia humilde y no del machismo desmesurado, que contando con los sueños solo ve en ellos las vueltas que da el horror en un termostato de un horno de pan, ya que todos los que dan por sabido que un hermano es para toda la vida, rompiendo con esa sinceridad que mecía las condicionadas y manipuladas acciones en el juego, antes de ser desapegado por naturaleza de los propios y horrendos padres que sin saber hacían daño y daban pié a un hermano trazador de inconsciencias, pues en la madurez machista que impone con un grito y un puño cerrado en la mesa es peor que cinco hermanos menores pidiendo algo con que comer antes de dar sentido a los que sentados en la mesa esperan que ese trozo de pan llegue de donde sea para poder dar un suspiro al hambre que con el terror se habían encogido los estómagos y se habían dado cuenta de que el miedo a seguir era secundario mientras que las ganas de vivir solo dependerían del entorno que el humilde había conseguido con un poco de trabajo pues los celos del que solo sabia poner masa de pan al horno y el machismo que engendraba con su propia conciencia repartida por los mayores que le hacían caso es peor que el buscador de vida que lejos encontró que hacer para comer mientras cerca de ellos habían monedas para que siguieran comiendo, sin darse cuenta del error al aterrar con palabras malquehacientes que derrotaban la dignidad con solo levantar un poco la voz.

No hay comentarios:

Publicar un comentario