El torbellino de
decisiones que debe de tomar el mando de un ejercito, no es igual
cuando las ordenes son claras y sensatas, pues mandar a un grupo de
insurgentes que abaten a tiros a todo lo que se mueve es dar riendas
a la perspicacia que monda en el terreno angosto de las dificultades
enteras y puestas de la mano de guerrilleros que ambicionan el terror
y la codicia de aterrorizar a quienes tienen tan solo un momento para
darse cuenta y toda una vida para quienes sobreviven en esa contienda
de malos modos. Ya puestos a pensar quien es el malo, todo lo que
busque un sentido ofensivo en una guerra de ultratumba es cortar la
libertad que tenemos todos a la hora de poner un pie si en el quicio
de la puerta, si se ha puesto otro para dejar pasar al que entra con
malos modos, sea o no el que mande en esos territorios puestos a
pedir, ya que quienes ponen la fuerza para aterrar aunque solo sea al
vecino, es digno de contemplar su mudez cuando tiembla al ver su peor
enemigo, antes de dar por sentado que la vida la hacemos los que
vivimos en paz y la deshacen los que indignan al complejo de
superioridad. Aterrar o no a quien es hermano de la vida, por
pasajeras puestas de miedo en la infancia, cuando todo el terror era
apagar la luz de la habitación y al contemplar la linterna entre las
sábanas el pavor de iluminar la oscuridad dando miedo es peor que
esperar a que vengan con fusiles y bayonetas a cruzar la puerta y con
el haz de luz eliminar a todos los que en alguna guerra han pasado,
como los abuelos que guerrearon por la patria y aun no han despertado
del horror y a sus nietos pavonearse de pistoleros cuando en verdad
les entra miedo cuando no están esos mayores que les dan protección.
Pero cuando queda uno solo, uno que no quiere guerras y le dan
collejas por pasivo. Es el pendonear de la vida ancestral por todo el
tiempo que lleva huyendo de sus migas hechas con el pan del propio
hermano que mete en el horno el pan de cada día de unos pocos y come
el pan de cada día de otros tantos, que hechos ha pedir de boca solo
tienen esa rebeldía con la vida puesta en el interés de hacer daño,
sin saberlo, sin saber que se es capaz de hacer la vida con dignidad
en vez de seguir con esa linterna encendida en medio de la habitación
diciendo que la luz corrompe el alma y destroza el espíritu, dando
al que agnósticamente ha labrado para un futuro mejor una esencia
distinta a la que lleva de por vida, pues semejantes o no cada uno
lleva un trozo de vida atado al pasado aunque no lo recordemos. Esa
es la esencia que tenemos y el que vibra de corazón con todo el
transcendentalismo que repercute en su labor. La propia magia que
ejerce el poder de la inocencia no es el mero de ser como un niño y
sentirse como tal, es saber que ese don de la humildad que tenemos
antes de que lo corrompan los individuos de mal carácter, hace que
rompa la dignidad en un percance de esos cuentos que antes sonaban a
dicha y que ahora suenan a guerra, pues el que pone los pies en el
suelo al levantarse y le invade el terror de que se lo coma un
cocodrilo llevado desde los sueños de Piter Pan, es esa madurez que
cuenten con los dichos de un adulto antes de dar por sentado que un
poco de miedo hará mas fuerte al que no teme, sabiendo que el que
está asustado y con miedo es simplemente el mejor resultado de la
inocencia humilde y no del machismo desmesurado, que contando con los
sueños solo ve en ellos las vueltas que da el horror en un
termostato de un horno de pan, ya que todos los que dan por sabido
que un hermano es para toda la vida, rompiendo con esa sinceridad que
mecía las condicionadas y manipuladas acciones en el juego, antes de
ser desapegado por naturaleza de los propios y horrendos padres que
sin saber hacían daño y daban pié a un hermano trazador de
inconsciencias, pues en la madurez machista que impone con un grito y
un puño cerrado en la mesa es peor que cinco hermanos menores
pidiendo algo con que comer antes de dar sentido a los que sentados
en la mesa esperan que ese trozo de pan llegue de donde sea para
poder dar un suspiro al hambre que con el terror se habían encogido
los estómagos y se habían dado cuenta de que el miedo a seguir era
secundario mientras que las ganas de vivir solo dependerían del
entorno que el humilde había conseguido con un poco de trabajo pues
los celos del que solo sabia poner masa de pan al horno y el machismo
que engendraba con su propia conciencia repartida por los mayores que
le hacían caso es peor que el buscador de vida que lejos encontró
que hacer para comer mientras cerca de ellos habían monedas para que
siguieran comiendo, sin darse cuenta del error al aterrar con
palabras malquehacientes que derrotaban la dignidad con solo levantar
un poco la voz.
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