miércoles, 18 de enero de 2017

La inercia del todo

La capacidad que tenemos asumida en el intrínseco espacio que nos separa de la vida, para entender que todo se mueve, que no hay nada estático, que todo alrededor da vueltas y sobre la misma vida todo sigue un movimiento. Es sublime, ya que nos damos cuenta de que estamos parados, quietos, pero en verdad todo está en movimiento haciendo posible el encanto de cada uno cuando sus ojos de verdad consuelan. Todo se mueve, todo está en movimiento. Cuando queremos estar quietos, la sensación que nos produce el sentir la quietud no es más que el movimiento de la vida en nosotros, con cada invisible causa que nos desvela la inercia con el todo, con cada pensamiento que intentamos equilibrar y poner en su sitio. Hasta los pensamientos se mueven, se hacen ver en cada uno de nosotros con un pequeño movimiento del alma en la mente, que nos hace saber que queremos en cada momento o que hacer. Todo lo que nos rodea es exquisito, pues la pereza de ver entregados la razón y el alma, el mejor de los momentos es cuando de verdad vemos un reflejo, un pensamiento fugaz que nos desvela que estamos despiertos, pero con un sabor amargo en la boca, desesperado por beber un vaso de agua y saber que sí, que es posible ver el tránsito entre los parajes de la memoria, para hacer posible el encuentro con un día, una tarde en un paseo, por las calles que siempre nos llevan al sitio correcto, donde queremos estar hasta encontrar el suspiro del aire envuelto entre rosas del jardín, que celosamente se han cuidado para que cada uno, y todos los que den un paseo por esas calles, embriagador memento al cruzar por entre sus vayas pequeñas y jardines de terciopelo entretejidos en yerba. Es cuando te das cuenta de que todo no está en la mente, que hay un aparato que se mueve por ti y encierra un misterio unicelular que lo define y le da realidad a cada latido que por ti, hace posible entrever su cordialidad en el regalo mas espectacular de todo lo que nos hace posible entrever. El corazón no se para hasta el final del viaje y nos recuerda que late para vivir, en movimientos pausados y a su ritmo, ni más rápido ni más lento. La vida que llevamos nos hace saber que cada cosa está en su sitio, que cada instante es único y verdadero y cuando decimos eso está quieto en verdad se mueve, porque tiene que estar en la Tierra y se mueve. La Tierra se mueve, al compás de unas vueltas alrededor de si misma y del Sol, en un viaje que nos hace recordar el día y la noche cuando cerramos los ojos y queremos saber, cuando la vida nos deja entrever el dichoso existir que nos a tocado, cada uno con sus vueltas y cada uno con su vida, con sus cosas y pensamientos. Y al mismo compás que mueve el caos dentro del orden una centésima de segundo convertidos en años y años detrás y delante de una misma estrella que nos da vueltas y dentro de un mismo rigor que nos extraña cuando vamos mas lejos que cerca y mas cerca que lejos, pues entre las corrientes que se entregan a las rocas, pocas vidas se mecen entre los sueños avocados en gloria y nos preserva de la entidad que nos han regalado, es hacer que al compás de todo solo rija la salud y la educación como méritos de una sociedad. Y nos quejamos, nos machacamos las ideas para exacerbar una cantidad ínfima de sustancias volátiles que nos recorren la médula hasta llegar al mismísimo centro de nuestra identidad, repleto de sensaciones estremecedoras que nos renueva hasta llegar a donde partimos, para recordar una vez mas la inestabilidad que nos evoca evadirnos, cuando entre los recelos de la incertidumbre nos desvelamos en una noche mágica, envuelto en sábanas hasta la médula, mientras corretean los chiquillos por los pasillos de la casa de al lado, mientras al despertar los juegos inundan la alcoba y nos hace estremecernos porque estamos vivos, hechos de unas materias especiales, que nos dan la salud y el quehacer de unos buenos golpes de revés en la cancha de al lado, y mientras en la pared rebota la pelota te das cuenta de que todo es movimiento, todo sigue su curso y en su momento, hasta probar la inercia de la vida contando con solo dos piernas y dos brazos, un tronco y una cabeza, cada parte con sus peculiaridades, con sus cualidades y defectos, cada parte de la vida atada a una particularidad de Dios, puesta en la medida justa y en el sitio perfecto, para dar vida a algo que solo es un compuesto de vida hecha para ese fin, y dadas las habilidades de cada momento, nos envolvemos en el aura compleja de la vida, para dar parte a cada instante que compartimos, cada vez que nos vemos entre semejantes y cada uno aporta lo justo, lo necesario para dar un poco de si mismos entre los que hacen posible la vida y lo preciso para amar cada vez mas y dar gracias por lo poco que tengo, mientras entregaré lo que de verdad me importe hacia quien de verdad quiero que lo reciba.

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