La capacidad que tenemos
asumida en el intrínseco espacio que nos separa de la vida, para
entender que todo se mueve, que no hay nada estático, que todo
alrededor da vueltas y sobre la misma vida todo sigue un movimiento.
Es sublime, ya que nos damos cuenta de que estamos parados, quietos,
pero en verdad todo está en movimiento haciendo posible el encanto
de cada uno cuando sus ojos de verdad consuelan. Todo se mueve, todo
está en movimiento. Cuando queremos estar quietos, la sensación que
nos produce el sentir la quietud no es más que el movimiento de la
vida en nosotros, con cada invisible causa que nos desvela la inercia
con el todo, con cada pensamiento que intentamos equilibrar y poner
en su sitio. Hasta los pensamientos se mueven, se hacen ver en cada
uno de nosotros con un pequeño movimiento del alma en la mente, que
nos hace saber que queremos en cada momento o que hacer. Todo lo que
nos rodea es exquisito, pues la pereza de ver entregados la razón y
el alma, el mejor de los momentos es cuando de verdad vemos un
reflejo, un pensamiento fugaz que nos desvela que estamos despiertos,
pero con un sabor amargo en la boca, desesperado por beber un vaso de
agua y saber que sí, que es posible ver el tránsito entre los
parajes de la memoria, para hacer posible el encuentro con un día,
una tarde en un paseo, por las calles que siempre nos llevan al sitio
correcto, donde queremos estar hasta encontrar el suspiro del aire
envuelto entre rosas del jardín, que celosamente se han cuidado para
que cada uno, y todos los que den un paseo por esas calles,
embriagador memento al cruzar por entre sus vayas pequeñas y
jardines de terciopelo entretejidos en yerba. Es cuando te das cuenta
de que todo no está en la mente, que hay un aparato que se mueve por
ti y encierra un misterio unicelular que lo define y le da realidad a
cada latido que por ti, hace posible entrever su cordialidad en el
regalo mas espectacular de todo lo que nos hace posible entrever. El
corazón no se para hasta el final del viaje y nos recuerda que late
para vivir, en movimientos pausados y a su ritmo, ni más rápido ni
más lento. La vida que llevamos nos hace saber que cada cosa está
en su sitio, que cada instante es único y verdadero y cuando decimos
eso está quieto en verdad se mueve, porque tiene que estar en la
Tierra y se mueve. La Tierra se mueve, al compás de unas vueltas
alrededor de si misma y del Sol, en un viaje que nos hace recordar el
día y la noche cuando cerramos los ojos y queremos saber, cuando la
vida nos deja entrever el dichoso existir que nos a tocado, cada uno
con sus vueltas y cada uno con su vida, con sus cosas y pensamientos.
Y al mismo compás que mueve el caos dentro del orden una centésima
de segundo convertidos en años y años detrás y delante de una
misma estrella que nos da vueltas y dentro de un mismo rigor que nos
extraña cuando vamos mas lejos que cerca y mas cerca que lejos, pues
entre las corrientes que se entregan a las rocas, pocas vidas se
mecen entre los sueños avocados en gloria y nos preserva de la
entidad que nos han regalado, es hacer que al compás de todo solo
rija la salud y la educación como méritos de una sociedad. Y nos
quejamos, nos machacamos las ideas para exacerbar una cantidad ínfima
de sustancias volátiles que nos recorren la médula hasta llegar al
mismísimo centro de nuestra identidad, repleto de sensaciones
estremecedoras que nos renueva hasta llegar a donde partimos, para
recordar una vez mas la inestabilidad que nos evoca evadirnos, cuando
entre los recelos de la incertidumbre nos desvelamos en una noche
mágica, envuelto en sábanas hasta la médula, mientras corretean
los chiquillos por los pasillos de la casa de al lado, mientras al
despertar los juegos inundan la alcoba y nos hace estremecernos
porque estamos vivos, hechos de unas materias especiales, que nos dan
la salud y el quehacer de unos buenos golpes de revés en la cancha
de al lado, y mientras en la pared rebota la pelota te das cuenta de
que todo es movimiento, todo sigue su curso y en su momento, hasta
probar la inercia de la vida contando con solo dos piernas y dos
brazos, un tronco y una cabeza, cada parte con sus peculiaridades,
con sus cualidades y defectos, cada parte de la vida atada a una
particularidad de Dios, puesta en la medida justa y en el sitio
perfecto, para dar vida a algo que solo es un compuesto de vida hecha
para ese fin, y dadas las habilidades de cada momento, nos envolvemos
en el aura compleja de la vida, para dar parte a cada instante que
compartimos, cada vez que nos vemos entre semejantes y cada uno
aporta lo justo, lo necesario para dar un poco de si mismos entre los
que hacen posible la vida y lo preciso para amar cada vez mas y dar
gracias por lo poco que tengo, mientras entregaré lo que de verdad
me importe hacia quien de verdad quiero que lo reciba.
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