miércoles, 8 de marzo de 2017

En el rellano de la inconsciencia.

El apesadumbrado bienestar que vive de nostalgias hace que el estar existiendo pese mas que solo un desgastado bien vivir que nos da la vuelta desde el principio hasta el fin de cada pensamiento, desvarando una y otra vez los haces de luz que contemplan la dignidad del ser humano. Cada segundo que se pasa agonizando por el pasado, cada vez que se hace posible entender que lo causa o cada vez que pensamos que es lo propio de estar contemplativo, da un estado en el que viajar en ese pasado no arreglar nada, dejando cada vez que la propia inercia vuelva ha recordar. Cada vez que la propia voz que emana del infinito susurre que eres capaz, sera la chispa que recuerde tu esencia, la propia voz que hablará de lo que eres capaz, de un pasado en el que envuelto en tragedias nos desvelamos a el amparo de los gratos caminos que hacemos cada día, sin entumecer los huesos con la frialdad de la humedad que estorba entre los rincones ya que en esos caminos, la luz que emerge cada día nos dará ese espacio que vemos tan cerca, lejos de nosotros mismos y con la desesperación del tiempo que va dejando que pase ese momento en el que reaccionas hacia un desconocido sueño que empuja quienes no quieres y quienes hacen que todo sea posible, sin contar contigo, dejando que ese momento en el que decides plantear una lágrima a la desconsolada vida nos devuelva un grato favor, para que en ese rellano de incertidumbres, las inconsciencias sean solo para quienes quieren oírlas, dejando que ese bienestar sea tan solo el principio de la propia lealtad que nos debemos a la ilusión de los años que nos enseñan, de los vuelcos de la vida en los que festejamos la creíble madurez de estos momentos, sin caer en el rellano de la inconsciencia otra vez por parte de quienes fueron partícipes de esas congregaciones que fueron haciendo mella en la propia inmadurez, hasta ver que entre los esclavos de la discordia solo depende caer entre uno de ellos para que ese caos rompa la buenaventura de los que vamos caminando, hacia un sendero en el que compartir los lados de su sombra sea la propia quietud que despoja el velo de un nuevo día para encontrar lo justo y deseado, por hacer posible que la tranquilidad de ver a salvo un nuevo amanecer sea lo que entregamos a esos centelleantes puntos blanco que tenemos entre un pensamiento y otro, dándonos el mejor resultado para que cada pensamiento sea único, y con el valor de otros tantos conseguir que la inercia de la vida nos devuelva ese llanto que apagamos con lentitud antes de caer rendido en alegrías que después nos hicieron fuertes. Ya que dejarse llevar a un sinsentido obligado, donde cada interés corre por parte de quien premedita constantemente en alcanzar ese condicionamiento recurrente en el pasado y vuelto a entregar a un futuro sin mejorarlo, un recuerdo que habita en una consciencia desmesurada por la gratitud y amparada por el inciso de sus reacciones cuando esa luz nos permite ver que hay detrás de cada segundo, de cada milésima o de cada vez que nos embriagamos y decidimos que es lo mejor, sin acordarte de lo que eso significa, para dar la vuelta a las satisfacciones de la vida en un pequeño consejo que dio una chispa de la propia esencia que nos envuelve sea acorde al principio de gravedad natural que nos impulsa en ese viaje hacia lo desconocido, en donde cada rellano de inconsciencias creará un mundo paralelo para ver que hay detrás de lo bueno, cuando en realidad solo queremos mirar y ver plenitud cuando estamos aislados, por dejar entrever lo sensato y dispersar la credulidad nula de un mundo mejor, en el que la cordura falta y el entendimiento nos desvela que poco a poco nos vamos haciendo al entorno, hasta poner tu sinceridad entredicha por la nostalgia de perder un recuerdo.

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