Inundado el corazón con
otro pulso, con otro compás cerca de el que late apresuradamente,
contagia de esperanza y anhelos acompasados, con otro lugar donde se
esconde el ruido. El silencio que guarda en si para oír el otro
latido de un corazón vivo y adherente a la vida, que hace posible el
encanto que guarda la vida en un pequeño momento de expansión, en
donde recela el pasado y vive el presente la dicha que emerge de un
sinuoso tambor que late fuerte y que se oye claro, sin confusiones
propias del día a día, para caer en el arrumaco de una sola caricia
en el aire, exhalando todo el gran suspiro para dar paso a otro gesto
en forma de pensamiento, en un solo silencio que invade la alcoba,
hasta terminar todo el aire que quedaba dentro de los pulmones,
incluso hasta dentro del pensamiento, propiciando un entrañable
ambiente entre la música de los latidos en forma de tambores que
tañen en lo mas profundo del alma, acompañando el sabor de los
besos que se pierden en la noche, hasta contrarrestar al despertar
esos compases que inundan el corazón con otro pulso, con otra medida
de cariño y pasión que guardan las cabañas, en el dulce renacer de
un día, hasta hacer posible el despertar con la imaginación puesta
en lo mas alto de la vida, en lo mas alto de querer ser humano, para
dar comienzo a la propia rutina que nos envuelve, cuando olvidamos el
silencio, cuando nos dejamos caer y nos acordamos de que existe, que
hay un vinculo entre estar en paz y quietud y estar activo y
manejando situaciones. Lo que ocurre en este momento mágico,
envuelve para uno mismo el secreto de amar, de querer por querer amar
y de amar porque existimos, hasta el punto de saber querernos a
nosotros mismos y complacernos por el mero hecho de vivir con
armonía, puesta en el sonido de una voz que nos arrulla hasta
extasiarnos de paz y cariño, que una vez despertada en nosotros nos
hace movernos con ese amor que nos ata a la vida y a la realidad,
pues humano es ser humano pero sentirse humano es llevar por delante
la generosidad de saber dar con medidas lo justo y lo necesario a
quienes prestan un poco de atención o a quienes necesitan una sola
palabra para ser justos y medidos. Hasta el punto de propiciar un
encanto sutil en la envoltura del pensamiento, hace a la medida justa
otro halo que envuelve la noción del tiempo, hasta llevar lejos la
noción que presta al instante la mágica percepción de un sueño
evocado con los vapores del éter que respiramos sin mas, sin dar
medida justa a ese poquito de instinto que nos deja ver que es
posible con el encanto de un adormilado amanecer, entrañando entre
el rayo de sol que asoma por la cortina de la ventana y el ruido de
los pájaros que aúnan fuerzas para cantar mas alto de la rama para
dar paso a su festín que espera en el césped, pues los trozos de
ayer que quedaron fuera, es ahora un manjar para la codiciosa
intemperie que remojados en una serenada que evoca al amanecer con
tibias gotas de amor, remojan ese pan que después de ser comidos
todavía siguen siendo alimento para los invitados del día en una
mañana que reboza de paz. En el inicio de otra manifestación
clandestina, entre los invitados que todavía duermen y los perros
que ladran al son de los gatos, da tiempo para otra vez empezar a oír
esos latidos que nos envuelven en un susurro despegado de la inercia
que nos recela cuando oímos otro vez las campanas que dan las y
media y a la vez que otro susurro invade invitando a dormir sin
desperar del sueño, nos dejamos envolver otra vez en la mañana que
presta la sensación placida de otro silencio por escuchar y de otra
palabra a la que oír sin antes dejarnos caer por el silencio y por
el sonido de ese tambor en forma de corazón que hace posible
entrañar tanto o mas que un simple golpe de tos, antes de dormecer
en esta mañana de domingo.
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