Surge, de mil maneras, el
auge para ceñir los pensamientos, que desbocados atrapan la araña
que pasa rápido por el alfeizar de la ventana, sabiendo que cada
pensamiento era propio de la acera de enfrente, en donde voces y
tacones van a todas horas, mas los coches contaminantes que pasan sin
aviso previo, a provocar un indeseable zumbido entre los oídos, como
si fuesen acompañando al vehículo que pasa veloz entre los cuarenta
kilómetros hora a los que puede ir, sabiendo que a las tres de la
mañana poco iba a esperar de la noche, con su silencio agudizado con
el vibrar de los transformadores que se cuelan en el tendido
eléctrico, o el zumbido de la nevera que carga para decirte que
tiene frío puesto en marcha y que si aguanta el aguacate partido a la
mitad es hasta mañana. Tranquilamente lanzo la araña unos metros
mas allá de mis narices y veo como el hilo transparente se alza por
el viento, que meciendo gotas tempranas del apacible rocío y la luz
de las farolas, dejaban ver caer a la araña unos metros mas abajo,
agarrada otra vez a la fachada del edificio en donde empezará a
buscar un nuevo cobijo, tal vez un poco mas arriba, y si hay suerte
en donde estaba, ya que pasó varios años la misma araña en la
esquina del quicio de la ventana, hasta que una noche de fiesta, la
araña voló por entre las gotas de lluvia hasta empezar en otro
punto su inercia, que la llevará a sobrevivir otra vez, en otro
lugar y en otro sitio, para dejarse ver en otras circunstancias o tal
vez, cuando vaya a visitar a la vecina esté en su ventana, en una
esquina en la que ha pasado sigilosamente unos meses, acostumbrándose
al olor de los cocidos y potajes, en comparación a mis ráfagas de
humo del cigarrillo, que bien sabidos o no, mata, hasta el punto de
tener que abrir la ventana por la noche, para poder coger el aire que
entra por la rendija, entre la cortina y la pared, que limpia el aire
en la noche y deja entrar el fresco que se cuela suavemente y me roza
la cara, semitapada por la manta y la colcha en la que la nariz se
refrescaba un poco mas cuando el tiempo refresca y las serenadas son
mucho mas frías. Una araña que vuela abajo, colgando de su hilo
aferrado a un punto disperso en el que se verá hasta donde puede
llegar y desde donde puede partir, para buscar el mejor sitio en el
que estar y al que ir, solo siendo una araña tiene sitio para estar
y solo siendo uno mas cuesta tener un sitio para hacer lo propio de
la vida, existir, ya que desde que seamos unos pocos en donde solo
pueden estar unos cuantos, el dilema será grande si hay que buscar
sitio para que en cualquier caso se pueda estar, con la vida, con los
amigos, con los familiares, con los que estemos en ese momento en
alguna parada de autobús o de metro, en la entrada a una panadería
o en la esquina de los sorteos, donde se juntan los loteros a dar
todo lo que tienen en sus manos llenas de riquezas inalcanzables,
donde entre el justo parecer de la victoriosa contradicción de un
mal dicho impertinente e insostenible que hace imposible deletrear la
fracción que corresponde a tres por cuatro, y en donde poner un solo
ápice de tiempo es poner una gota de la lluvia que sale a
borbotones, recorra todo un camino por la frente hasta la barbilla,
sin pensar en donde podría secar con la toalla de algodón de antes
de salir, y en donde sin querer se había quedado dormida la gata que
custodiaba la ventana pues el bochorno ya era inconcebible con
respecto a los días y las noches que nublaban el horizonte con
vapor, y con el pavor de quedarnos hirviendo en un planeta en donde
solo una araña puede buscarse otro sitio, otro lugar, otros momentos
pues en los pies del suelo ya pagas por donde pisas y ya pagas por lo
que andas, impuestos nuevos que han de verse los céntimos pues ya
pagamos por pisar la tierra en donde pocos pasos puedes dar y en
donde pocos sitios ya quedan por ver.
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