sábado, 30 de abril de 2016

Un rato desmedido.

Surge, de mil maneras, el auge para ceñir los pensamientos, que desbocados atrapan la araña que pasa rápido por el alfeizar de la ventana, sabiendo que cada pensamiento era propio de la acera de enfrente, en donde voces y tacones van a todas horas, mas los coches contaminantes que pasan sin aviso previo, a provocar un indeseable zumbido entre los oídos, como si fuesen acompañando al vehículo que pasa veloz entre los cuarenta kilómetros hora a los que puede ir, sabiendo que a las tres de la mañana poco iba a esperar de la noche, con su silencio agudizado con el vibrar de los transformadores que se cuelan en el tendido eléctrico, o el zumbido de la nevera que carga para decirte que tiene frío puesto en marcha y que si aguanta el aguacate partido a la mitad es hasta mañana. Tranquilamente lanzo la araña unos metros mas allá de mis narices y veo como el hilo transparente se alza por el viento, que meciendo gotas tempranas del apacible rocío y la luz de las farolas, dejaban ver caer a la araña unos metros mas abajo, agarrada otra vez a la fachada del edificio en donde empezará a buscar un nuevo cobijo, tal vez un poco mas arriba, y si hay suerte en donde estaba, ya que pasó varios años la misma araña en la esquina del quicio de la ventana, hasta que una noche de fiesta, la araña voló por entre las gotas de lluvia hasta empezar en otro punto su inercia, que la llevará a sobrevivir otra vez, en otro lugar y en otro sitio, para dejarse ver en otras circunstancias o tal vez, cuando vaya a visitar a la vecina esté en su ventana, en una esquina en la que ha pasado sigilosamente unos meses, acostumbrándose al olor de los cocidos y potajes, en comparación a mis ráfagas de humo del cigarrillo, que bien sabidos o no, mata, hasta el punto de tener que abrir la ventana por la noche, para poder coger el aire que entra por la rendija, entre la cortina y la pared, que limpia el aire en la noche y deja entrar el fresco que se cuela suavemente y me roza la cara, semitapada por la manta y la colcha en la que la nariz se refrescaba un poco mas cuando el tiempo refresca y las serenadas son mucho mas frías. Una araña que vuela abajo, colgando de su hilo aferrado a un punto disperso en el que se verá hasta donde puede llegar y desde donde puede partir, para buscar el mejor sitio en el que estar y al que ir, solo siendo una araña tiene sitio para estar y solo siendo uno mas cuesta tener un sitio para hacer lo propio de la vida, existir, ya que desde que seamos unos pocos en donde solo pueden estar unos cuantos, el dilema será grande si hay que buscar sitio para que en cualquier caso se pueda estar, con la vida, con los amigos, con los familiares, con los que estemos en ese momento en alguna parada de autobús o de metro, en la entrada a una panadería o en la esquina de los sorteos, donde se juntan los loteros a dar todo lo que tienen en sus manos llenas de riquezas inalcanzables, donde entre el justo parecer de la victoriosa contradicción de un mal dicho impertinente e insostenible que hace imposible deletrear la fracción que corresponde a tres por cuatro, y en donde poner un solo ápice de tiempo es poner una gota de la lluvia que sale a borbotones, recorra todo un camino por la frente hasta la barbilla, sin pensar en donde podría secar con la toalla de algodón de antes de salir, y en donde sin querer se había quedado dormida la gata que custodiaba la ventana pues el bochorno ya era inconcebible con respecto a los días y las noches que nublaban el horizonte con vapor, y con el pavor de quedarnos hirviendo en un planeta en donde solo una araña puede buscarse otro sitio, otro lugar, otros momentos pues en los pies del suelo ya pagas por donde pisas y ya pagas por lo que andas, impuestos nuevos que han de verse los céntimos pues ya pagamos por pisar la tierra en donde pocos pasos puedes dar y en donde pocos sitios ya quedan por ver.

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